No porque haya mezquitas, ni por una inmigración masiva que no existe, ni porque considere de menos a la capital siciliana. Tal vez sea un piropo.
Esa capacidad de vivir el presente bajo un sol claro, el caos circulatorio, la gente humilde; ese subsistir en lo básico de mercados vibrantes.
Golpeados por la perfección tecnológica de las ciudades triunfadoras del norte, pasear Palermo es bajar al cielo de lo cotidiano, donde realmente se juega la vida, fuera de tanta presión por ser los mejores.
Por eso, quizás, busco estas ciudades, porque representan lo que somos los humanos sin disfraces. Hermosamente incapaces de ser más de lo que podemos ser.
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