Llevaba años sin ver el Políptico y pude entrar por cuestión de minutos en la catedral de San Bavón.
—Si usted no tiene prisa —me dijo quien me vendió la entrada—, quédese hasta el final. Es el momento más bonito del día.
Apenas éramos cinco personas, una pareja de tortolitos japoneses, un matrimonio belga de avanzada edad y yo.
Cada tarde cerraban el retablo de Van Eyck como ceremonia final, cuando ya apenas entraba luz por las vidrieras en el viejo templo gantés.
Con toda la paciencia sanísima de una espera de media hora contemplando cada detalle, el ritual comenzó.
Con un mecanismo sencillo, empezó a cerrarse de forma automática el tablero mientras un viejo canónigo nos explicaba las pinturas, tan llenas de colores en el frontal, a las que iban tapando los tablones grises que imitaban a esculturas.
La historia de este políptico es la historia de los últimos siglos en Europa, de su espiritualidad, de los movimientos políticos que lo llevaron de un país a otro.
Tuve la suerte de llegar unos minutos antes de que cerrasen las puertas para sentir la emoción de una de las escenas más bellas.
Siempre hay tiempo para el recogimiento.
No hay comentarios:
Publicar un comentario