jueves, febrero 25, 2016

Lorca

Con García Lorca pasa como con El Quijote, que todo el mundo dice, y cree, que lo ha leído.

Yo, que no soy de poesía, recuerdo tomar con una enorme ilusión un ejemplar de 'Poeta en Nueva York' hace muchos años. Era verano, estaba de vacaciones y los días eran largos.

Mi primera reacción fue de sorpresa. No entendía nada. El surrealismo lo invadía todo. Era castellano y los términos sí podían tener relación con la Gran Manzana, pero cada poema se desbordaba en construcciones imposibles contra las que mi intelecto luchaba. Había negros, hormigón, óxido, marineros y mucho cielo que me transportaban a un mundo insólito al que no me quería adaptar.

Dice Amélie Nothomb en una de sus novelas que el hecho de asomarte a una obra de arte es una manera de ponerte a prueba: alguien ha construido algo y te lo quiere mostrar.

Amar el surrealismo es mucho más difícil que hacer lo propio con la belleza diáfana de lo previsible, aunque el proceso de eliminar tabúes y liberar barreras autoimpuestas para interpretar mensajes a veces indescifrables es una forma de crecimiento personal.

Terminé el poemario de Lorca, como lo hice con Aleixandre y 'la destrucción o el amor', con la inexplicable sensación de que mi cerebro no está desarrollado al máximo ni mi sensibilidad es lo exquisita que yo quisiera.

Yo sí quiero artistas transgresores que me muestren sus universos sin filtros ni explicaciones, quiero cuadros de colores únicos y líneas divergentes, poesías que se enreden para reírse de mí, fotografías realizadas desde ángulos contradictorios que me hablen de lo retorcido y sugerente que es el ojo que fabrica las perversiones del hombre.

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