lunes, febrero 08, 2016

Tortilla

Siempre he sido muy novelero. O melodramático. O tremendista. Incluso para las cosas tontas. Quizás de ahí venga mi espíritu novelista.

Cada vez que llegaba a casa de pequeño y me contaban algo, mi pregunta acababa siendo:

¿Pero se ha muerto alguien?

Estábamos tranquilos un domingo reciente en casa. Día de los que me gustan. Con manta, muchos libros, suplementos semanales, ordenador y música. De dar cabezadas entre rato y rato mientras ves cómo va cayendo la noche.

De golpe, se me vino a la cabeza una gran tortilla de patatas. 

Mi amiga Nuria tiene una teoría que yo comparto (con sonadas excepciones): a quien no le gusta comer no es una persona de fiar.

Me organicé para ver si teníamos todos los ingredientes en la cocina y lo compartí eufórico con Fran. 

Voy a hacer un tortillón de los míos para cenar.

Él me miró con cara de susto y me insistió en que olvidara la idea.

Pondrás, como siempre, toda la casa perdida de aceite.

Tras un fin de semana impecable, de no parar, y una tarde de domingo tranquila en casa, mi espíritu teatrero sacó toda su fuerza para protestar:

¡Para una vez que le encuentro sentido a un domingo!


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