martes, febrero 23, 2016

Silbidos

El alma humana puede recibir todos los adjetivos extremos sin desmelenarse; es conmovedora, divertida, inocente, perversa, frágil, exquisita, inamovible, holgazana, luchadora, perspicaz, despistada, asustadiza, impasible, solidaria, fanfarrona...

Es única de cada cual y cada uno conocemos sus vilezas, que se nos asoman sin que nadie las intuyan mientras hacemos que somos gente normal delante de gente que garabatea sus instintos en circuitos cerrados de obsesiones que no se dejan traslucir.

Caminamos por aceras, esquivándonos, con nuestros mundos a cuestas percutando nuestras cabezas como lavadoras centrifugando, mientras la ciudad sigue ofreciendo paisajes de una normalidad escandalosa.

¿Quién se atreve a discernir cuándo nuestra comunicación dejará atrás el lenguaje como enlace entre unos y otros? ¿Cuánto no se pierde al traducir nuestra mezcla heterogénea de reflexiones, sensaciones, sentimientos, miedos, tics y deseos al idioma de los humanos?

De vez en cuando llega un momento en que nuestra cabeza se acelera tanto, las barbaridades que nos asaltan son tan soeces, que el cuerpo se delata emitiendo un silbido extemporáneo de mejillas enrojecidas al viento de la ciudad impávida.

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