lunes, febrero 25, 2013

Débil


Hay veces en que el mayor defecto de una persona se convierte en su mayor virtud, y viceversa.

Soy consciente de que una de las claves para llevar una vida medio coherente y que las cosas me vayan bien viene dada por mi espíritu orgulloso.

Lo soy desde pequeñillo.

No se me puede decir nada mínimamente crítico sin que yo reaccione, muchas veces en positivo, pero en cualquier caso nunca admitiendo el que se me cuestione, ataque o ridiculice sin poner toda mi energía en contrarrestar esa crítica desde la construcción de una estrategia.

Era el más chico, físicamente, de mi clase. Era bizco hasta que me operaron. Era tímido como no se puede ser más. Todo un candidato a diana de bromas de chavales cafres a esa edad. Había, sin embargo, una fuerza en mí que me hacía ser respetado por los compañeros de clase. Construía una fortaleza en torno a mí que me convertía en inexpugnable.

Mi vida universitaria, mis relaciones amorosas, mi trayectoria profesional siempre han tenido una gran consistencia por mi incapacidad para doblegarme. Algo que resulta tremendamente fatigoso pero que es difícil de controlar.

Puedo fallar una vez, no alcanzar una meta, no conseguir un objetivo, pero mi cuerpo y mi mente ya se preparan desde esa primera derrota para no volver a caer.

Hay veces en que me gustaría ser más débil, eliminar esa arrogancia intrínseca de quienes somos perfeccionistas y nos exigimos siempre más.

El orgullo, entre otras muchas virtudes y defectos, me ha llevado a estar donde estoy. ¿Cuánto ha tenido que ver en mi felicidad actual?, ¿hasta qué punto ha conformado a un hombre sufridor?, ¿qué cuota de negritud hay en organizarse la existencia así?

La vida es un eterno camino hacia el conocimiento personal.

Sí, hay días en que sueño que quiero ser más débil.

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