domingo, febrero 10, 2013

Casco

Cada vez que atravieso el túnel bajo la calle Arjona en moto me acuerdo de Olga.

Hará veinte años de esa noche de sábado en que bebimos como cosacos, nos recorrimos todos los garitos de Sevilla y nos amaneció en algún bar del Arenal.

Atravesando el túnel, de recogida, a ella se le cayó el casco y yo, piloto, di un giro en redondo para recogerlo, sin atender a otro interés que el de recuperarlo, sin pensar en quien pudiese venir a esas horas para arrollarnos. Un coche pasó lanzado a nuestro lado y nos pitó con fuerza.

Hay imágenes que quedan grabadas a fuego marcando un antes y un después en los comportamientos, en la conciencia de la madurez, el peligro y la fragilidad de uno como ser humano.

Ese día, al despertarme con la resaca, la escena se me repetía una y otra vez. Aparecía un coche a toda velocidad que nos empotraba contra las paredes del túnel.

Es un recuerdo compartido con ella, que años después sigue recordando que ese amanecer de fin de semana fue uno de esos momentos en que uno se transforma, haciéndose cargo del paso directo hacia la madurez.

Algunos tuvimos la suerte de la segunda oportunidad, a otros les arrollan.

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