martes, enero 01, 2013

2013

El único pero que le pongo a las celebraciones en que festejamos el paso del tiempo es precisamente eso, admitir con contundencia que el tiempo vuela.

Estas uvas las he tomado en un ambiente tan agradable, tranquilo y relajado como nunca hasta ahora, en una casa en mitad de la nada entre Tarifa y Algeciras, que me ha dado lugar a trasladarme a las antiguas campanadas en casa de mi abuela, cuando mis tíos y primos lo inundaban todo y uno no era más que un niño o adolescente perdido entre tantos.

El haber disfrutado de los cubatas posteriores sentado en el sofá, oyendo buena música y charlando a ratos me ha permitido recordar la gente pasada, sobre todo la que ya nunca más estará, sin amargura, con emoción.

La evolución de los afectos en mi familia, mis complejos infantiles, el despertar al sexo, las temporadas de remo, la aparición del amor, la muerte de mi madre, el cambio del colegio por la universidad, los viajes por Europa, el paso de la universidad a Renault, mi primer clío, mi piso céntrico de Sevilla, la primera novela, mis años en París, el nacimiento de Iván, mi mégane, el descubrimiento de Nueva York, el encuentro del verdadero amor, el apartamento de Conil, los viajes por medio mundo, las alegrías de mi última novela, el proyecto eterno de su película...

Y todo este tiempo rodeado de gente fiel y de otra que fue yendo y viniendo.

Con lo que a mí me gusta disfrutarla y plantearle nuevos retos, las uvas sólo me fastidian por recordarme que la vida es finita.

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