lunes, noviembre 19, 2012

Bálsamo

A veces no creemos lo suficiente en la fuerza de las palabras. Convivimos con gente a la que apreciamos y pensamos que tienen la cabeza tan sólo en su mundo, viviendo al ritmo endiablado de nuestros días sin imaginar que una palabra de cariño, mezclada hábilmente entre otras tantas, puede tener un efecto brutal.

Lo practico a menudo y da muy buenos resultados. Le dices a tu pareja qué bien le queda una camisa o unos pantalones y, aunque se ría quitando importancia, acabarás viéndo cómo se pone esa camisa o pantalones muchos más días de lo que tendría pensado. Si, de pronto, te gusta como una persona pronuncia una palabra, ¡díselo! Puede parecer una tontería, pero seguro que cuando utilice esa palabra se acordará de ti y le producirá un cierto cosquilleo algún día recordar que se lo dijiste.

Se me viene a la mente mi época universitaria, cuando Mariángeles un día me dijo que le encantaba observarme estudiar por mi capacidad de embobarme delante de un libro. Yo me reí, pero esa frase quedó grabada a fuego y, a veces, cuando estoy con mi mesa llena de papeles me acuerdo de ella y me sonrojo.

Ver con ojos alegres y buscar el punto de luz en los otros como gimnasia para hacer remover los mecanismos que consiguen reconocerse a uno mismo como alguien de interés es una práctica sanísima, aunque sea por la forma de pronunciar la letra 'ese', por la manera de bizquear o de colocar los labios a la hora de soplar la sopa caliente.

Tengo amigos que son especialmente secos, pero recuperables, a los que intento encontrar el punto de ingenuidad, frivolidad o humor tonto para hacerles ver que pueden ser graciosos.

Si alguien a quien quieres tiene un complejo de gordura tienes tres opciones: recordárselo, evitar el tema o animarle con comentarios que no tienen por qué ser siempre sinceros. A un amigo al que se le va la vida haciendo dietas, haz por decirle como quien no quiere la cosa que lo ves más delgado, aunque ni siquiera te hayas fijado en su tipo. Lo integrará, aún refunfuñando, en su batalla eterna contra sus complejos.

Lo más complicado es saber introducir ese piropo sin que se note, convirtiéndose así en un guiño camuflado, como los anuncios prohibidos en que se metían fotogramas de coca-cola, invisibles al ojo humano, para hacerte sentir la necesidad de beberla.

Ves el punto a resaltar, lo introduces en cualquier conversación o situación en que no venga a cuento y te dedicas a disfrutar pensando en el bálsamo que esa palabra seguro ha producido.

(Es una estrategia para hacerte querer)

2 comentarios:

Alforte dijo...

Estupendo consejo, ese refuerzo positivo lo suelo utilizar mucho con mi alumnado y es más efectivo que el negativo, solo me falta llevarlo con más naturalidad al nivel social.
Bsote

Gincrispi dijo...

El halago siempre gusta. Dicen que debilita, por eso cuando me sueltan uno hago 50 flexiones.
Hacía tiempo que no me pasaba a visitarte, falta por mi parte.
De paso te invito a mi nueva andanza en http://ispainteve.wordpress.com, un poco más satírico, un poco más burlón.


Saludos Salvador, espero que te vaya todo bien.