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domingo, abril 08, 2012

Lágrimas

Hay claves ocultas que hacen entender el porqué la tierra tira tanto que, puestos a pensarlas, son más que evidentes.

Decía Berlanga, valenciano de pro, que siempre que podía, en su juventud, se escapaba de su ciudad en Fallas. Pasado el tiempo, instalado en Madrid, se le hacía un nudo en el estómago cada 19 de marzo pensando en la Cremá.

Porque las tradiciones encierran ritos que, instintivamente, vamos relacionando con caras concretas, momentos de nuestra vida, anécdotas y tristezas que son mucho más complejas de relacionar con períodos desperdigados en que no haya un asidero visual de la memoria al que agarrarse.

Yo, como sevillano, nacido en una tierra de tan fuertes tradiciones y características tan definidas de colores y olores, no puedo sustraerme a ese cosquilleo que supone revivir mi vida cada semana santa.

Mi agnosticismo me hace interiormente rebelde frente a las muestras continuas que durante todo un año los cofrades van desplegando con orgullo. Me cansan esos bares llenos de estampas de vírgenes, las medallas de los cristos en los coches, las pizarras con cuenta atrás desde que se cierra el sábado santo, los traslados, besamanos, las continuas noticias en los periódicos, las coronaciones, los pregones y los ensayos. Es una sensación íntima de hartazgo que tengo todo el derecho a tener, como derecho tienen los cofrades a cantar a los cuatro vientos sus amores por su hermandad.

Sin embargo, llegan los días de procesión y me doy cuenta que conozco, porque lo he mamado, por dónde se ve más bonito cada paso, tomo conciencia de que también soy partícipe de esa historia, desde mi más profundo laicismo.

Recuerdo, muy de pequeño, cómo mi madre me explicaba por qué mecían a la virgen en el palio, por qué le tocaban música:

'...la acunan para que no esté triste, porque se le ha muerto su niño...'

Llega la Madrugá y pienso en mi madre, emocionada, con los ojos empañados, en esas noches de intenso frío, viendo la Macarena pasar:

'..mira, se va con su gran manto porque va recogiendo las penas de todo el pueblo, todo lo que hemos sufrido durante el año, ella pasa con su gran manto y se lo lleva...'

Llegan estos días y recuerdo una esquina de la calle Francos y la emoción inabarcable de adivinar los ciriales del palio de la Macarena y ese gozo trágico tan andaluz de asombro ante el caminar, durante breves segundos, de ese palio rebosante de belleza.

Hace muchísimos años que no veo la Madrugá y rehúyo las bullas de la semana santa, pero cada vez que llegan esos días pienso en la de gente que ha pasado por mi vida, en mi infancia feliz, en mi atormentada adolescencia, en los primeros amores, en los duros e intensos años de universidad, en aquéllos en los que empecé a trabajar, en tantos amigos de tantos lugares a los que paseé como cicerone explicando cada detalle, en mis años de nazareno con la Soledad, en las confidencias en las largas esperas.

Pienso en las lágrimas de mi madre.

2 comentarios:

Reyes dijo...

Querido Salvador,qué te puedo decir hoy.
Hemos coincidido plenamente en nuestra percepción de una vivencia que todos los sevillanos hemos tenido en mayor o menos medida.
Un beso.

Víctor L. Briones Antón dijo...

Es otra forma de ser Sevillano que comparto bastante.
Mis recuerdos son de mamá viendo la Paz pasando por el parque de María Luisa.
Hace años que no vivo la Semana Santa de en la calle, hartazgo es la palabra que definiría mi estado de ánimo estos días (lo mismo me ocurre con la Feria), pero por algún rincón de la casa aun anda la bola de cera que con paciencia, año, tras año, engordé.

Un abrazo.