miércoles, abril 11, 2012

El obispo

Es sencillo decir que si no perteneces a la iglesia, lo que diga un obispo en un púlpito no te debe de afectar en absoluto. La teoría dice que sí, que así debe ser.

Este pasado fin de semana uno de estos jerarcas del catolicismo se permitió utilizar la televisión pública para lanzar todo tipo de exabruptos contra los homosexuales, como seres depravados, desviados, que viven en el infierno.

Yo no me considero iglesia, pero me indigno.

¿Qué pasaría si defendiese el nazismo ese mismo obispo? Toda la sociedad, incluso la justicia, saltaría en su contra. Sin embargo se permite insultar a un diez por ciento, estimado, de la ciudadanía, sin que se le llame la atención o se le desautorice. Ciudadanía que paga sus impuestos y que permite, por ejemplo, que esa televisión sea pública.

Ese personaje lanza su dedo acusador contra una parte de la sociedad, de su sociedad, por el simple hecho de sentir diferente. Seguramente preferirá a aquéllos homosexuales que se casan por la iglesia y reprimen sus frustraciones sexuales haciendo infeliz a su mujer, a sí mismo y a los que les rodean. Cantan, por tanto, al hipócrita. Fomentan la falsedad, el dolor al otro, la falta de honestidad y de valor.

Porque sí, al que nace diferente a la mayoría ya se le debe reconocer al menos el valor de expresarlo así, de vivir con dignidad su naturaleza.

Una persona que ama es una persona que hace bien a la sociedad. Se ama de muchas maneras, sí, pero el amor total de pareja solo lo encuentra un homosexual en una persona de su mismo sexo. Parece de Primero de Primaria, pero aún así hay que explicarlo.

Durante milenios los homosexuales han vivido vejados, calumniados, ridiculizados, violentados, encarcelados, acusados de ser como eran. Tan sólo por el hecho de amar a personas que sienten como ellos.

Discursos como los del obispo son los que alimentan a una parte de la sociedad que tiene miedo a avanzar, que odia la diversidad, que se ahogan en un vaso de agua ante lo diferente.

En mi propia fábrica es toda una proeza declarar que uno es feliz viviendo su homosexualidad con naturalidad. Estaría inmediatamente fichado por los cuenta-chistes baratos, machistas y homófobos. No hay libertad real.

Este personaje vestido de sotana con oropeles viene a escupir sus frustraciones, a decir que hay que mirar a otro lado, que hay una parte de esta sociedad que tiene que seguir viviendo avergonzada, que tiene que amar a quien no quiere. Este obispo alecciona a padres para que sean inmisericordes con hijos adolescentes que están perdidos en sus miedos a decir lo que sienten, alimenta a la fiera de lo más carca para que legisle contra ellos, empuja la trampilla para que no salgan ni respiren, para vivir en el dolor, creando seres amargados que hagan menos sana esta sociedad que somos todos, él también.

Me gustaría conocer el día en que cualquiera pueda presentar a su pareja al mundo con orgullo y decir a los cuatro vientos: Le quiero.

Cualquiera debería ser libre para hacerlo.

3 comentarios:

@luiyigon dijo...

Estimado sr.Navarro,he llegado twiteando hasta aquí,donde huelo una clara y divertida libertad de expresión.Ese olor en este artículo,que como fragancia recomendaría a mas de un@.Fíjese que yo respeto a los curas y monseñores,sabe por que? Porque sé perfectamente que ellos ya están en el infierno actualmente y en vida.

Melvin dijo...

Qué podemos esperar de de quien ha hecho de la represión y el temor un estandarte. No soporto más ese cinismo creado como tándem inseparable entre iglesia y poder fáctico. Los acobardados , frustrados y reprimidos son ellos, que estafan , mienten y acosan a menores y plebeyos... Uff, cuanta rabia! Un abrazo amigo.

Reyes dijo...

Sabes qué?
Mientras le oía hablar pensaba que estaba dolido porque su novio le acababa de dejar.
Su acento y la rabia contenida le delataban.
Fue una crisis de identidad lo que tuvo el hombre y quiso hacer pagar al mundo por la infelicidad que él sentía y siente en su vida mutilada.
Una impresión subjetiva pero eso fue lo que pensé.
Un abrazo,Salva.