viernes, febrero 24, 2012

La luz

Las oportunidades que se me han dado estos últimos meses de viajar a países del centro y norte de Europa, mágicas y placenteras, me han confirmado de nuevo cuán grande es la suerte que supone vivir en una tierra de tanta luz.

La luz de Sevilla que cantaron Cernuda o Machado, ese disfrute de los sentidos que supone abrir la puerta al exterior una mañana y encontrar esa bocanada cegadora de luminosidad que te hace sentirte en paz con el mundo, bien en tu propia piel.

Los cielos grises y el frío continuo resultan casi inhumanos cuando se ha nacido y crecido bajo la protección constante del sol.

Recuerdo a mi prima Bele, tantos años viviendo en Londres, cuando me hablaba de esa nube continua y enorme que nunca se quitaba de la ciudad. Cada mañana asomarse por la ventana y encontrarla arriba, observadora, castradora, frustrante.

Independientemente del año de sequía que llevamos, de las carencias infinitas de nuestra tierra o del enorme nivel de vida de Estocolmo, París o Londres, cuando salgo de trabajar cada mediodía para comer y me doy de bruces con ese cielo inmenso azulado me confirmo en la idea de que la muerte siempre será más dura para los que hemos vivido tan hermosos, largos y continuos romances con el sol.

1 comentario:

Argax dijo...

No podría estar más de acuerdo. Es curioso esto de las apetencias del cuerpo.
Tengo una tía vasca que dice que si pasan tres días y no ve llover se deprime, que necesita oler a humedad para sentirse bien. Eso debe influir e influye en el carácter. Y sin ser, ni bueno ni malo, me quedo con esa bocanada de luz por las mañanas, con la naturaleza clara que siempre te hace pensar que hoy será el día...

Un abrazo