miércoles, febrero 01, 2012

Espermatozoides

Estábamos buscando localizaciones para la peli en París este pasado diciembre. En los largos tiempos muertos, me asomaba a mi antigua ciudad con los ojos que se tienen cuando no hay prisa.

Ya avanzada la noche, cerca del Petit Pont, en la zona baja de los muelles, un grupo de chavales cantaba saltando en círculos, agarrados por los hombros, bebidos como cubas.

La escena era divertida, transmitiendo esa alegría que dan los veinte años, cuando la vida te abre las puertas de par en par para que la disfrutes a boca llena, sin la malicia con que la madurez te va inoculando sin descanso para desespero de esa inocencia que, en ese período, aflora a borbotones.

Me alejaba de la fisonomía impactante que supone estar junto a Notre-Dame, riéndome con fuerza al ver cómo se caían tras cantar cada canción y volvían a levantarse para seguir bailando en círculo.

La magia de la vida proviene del azar. El azar domina todo. Son circunstancias que se nos escapan las que nos hacen ir encontrando gente nueva, proyectos, experiencias, las que nos llevan a crear círculos donde bailar con personas que, un día, se convirtieron en imprescindibles.

Rebobiné la vida de uno de esos chavales hasta el momento en que el espermatozoide A le gana la carrera al B. De haber llegado el espermatozoide B, hubiera habido un chaval menos en ese círculo de cánticos al borde del Sena.


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