sábado, febrero 18, 2012

El grito

Iba con mi amigo Kristian por la Quinta Avenida de Nueva York, en un viaje iniciático a la monstruosa urbe americana.

Hablábamos de mí.

Me gusta, y me disgusta, juntarme con gente que me critica, que me sabe buscar las cosquillas, que me provoca. Duele ver esa parte de ti que no quieres asumir, al tiempo que incita a replantearse uno mismo y sus certezas.

Kristian piensa que yo me retengo, que no respiro con fluidez, que no admito mis debilidades y establezco una capa de protección demasiado gruesa frente a los demás.

Me pidió un reto. Gritar con todas mis energías, a pleno pulmón, entre toda la muchedumbre de una de las Avenidas más transitadas del mundo.

Me reí, no admitiendo el desafío, en tanto que me espoleaba a rebatirle con mi grito sus reproches a mi incapacidad para romper mis corazas.

'Allez, Salva, personne te connais là' (Vamos, Salva, nadie te conoce aquí)

Yo miraba a otro lado, le ignoraba y me comía por dentro. Quería gritar pero no podía.

Kristian, tan defectuoso como yo y como todo ser humano, seguía enumerando mis complejos con sorna, me imitaba, caricaturizándome, sin maldad pero con argumentos.

No sé cuál fue la palabra o adjetivo detonante, pero grité con todas mis fuerzas. Expulsé en un grito enorme una pequeña parte de un pasado complejo.

Sólo se giró un japonés que andaba delante mía. El resto de los viandantes apenas giraron la cabeza mientras pensarían:

'Otro loco más'

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