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sábado, octubre 09, 2021

Colapso

Uno de los defectos de fábrica con los que nací es el de mi incapacidad para controlar mis emociones.

Ayer asistí a una charla muy esperada de mi admirado escritor Jesús Carrasco. Con un delicioso saber estar, nos narró durante una hora, ante un público entregado, sus aprendizajes de media vida apegado a la creación de novelas, la escena de su padre leyendo en casa, sus historias fallidas, la capacidad de reinventarse, el poder de la lectura.

Cuando supe que la última media hora se permitirían preguntas desde el patio de butacas, estructuré en mi cabeza la que yo llevaba años queriéndole hacer. Porque a mí no me convenció 'Intemperie', la novela que lo llevó a ser un autor de culto, pero sí me convencía él como persona y, sobre todo, su última obra, 'Llévame a casa'.

Tras reordenar el discurso en mi cabeza levanté la mano y me acercaron un micro. Fue decir la primera frase 'voy a polemizar contigo' y sentí que se me agarraba la garganta, que la sangre comenzaba a fluir desordenada a borbotones y que no llegaría con calma al final de mis argumentos. Escucharme a mí mismo hablar emocionado me hacía sentir más ridículo aún. No sé donde termina la hipersensibilidad y comienza la inmadurez.

Conseguí hilvanar, con mucha dificultad, el razonamiento y él me contestó con toda la humildad.

Al salir, le confesé a mi amigo Isaac lo infantil de mi descontrol.

—Ha sido muy emocionante tu emoción —me dijo, cariñoso.

El día del funeral de mi padre mis hermanos me animaron a escribir unas palabras. Escribí mi texto más bonito. Sin embargo, cuando llegó el momento de levantarme a leerlo, no pude. Supe en ese momento que hubiera entrado en colapso y mi padre no se merecía eso.

Cuando la emoción me sube por las piernas, me agarra entero y pierdo el tono, la calma y la razón.

viernes, octubre 08, 2021

Offshore

Cada vez que explotan escándalos de multimillonarios que esconden sus fortunas en paraísos fiscales creo un poco menos en el ser humano.

Personas que tienen su vida más que resuelta y, sin embargo, quieren guardar sus tesoros bajo tierra, sin el mínimo sentido empático hacia la sociedad en la que viven.

No es cuestión de pedirles caridad, sino un mínimo sentido ético de la existencia. Por mucho avión privado en el que vayan y urbanizaciones privadas en las que residan, no son ninguna raza inmune al devenir del resto de los mortales. Usan aeropuertos y autopistas que no son suyos, viven en países que no les pertenecen, conviven con una sociedad que les es ajena. 

Porque no pagan nada, no tienen derecho a nada.

Son los apestados de nuestro tiempo, los avariciosos compulsivos, los que se jactan de vivir en el lujo sin aportar nada al sistema del que disfrutan.

Son ricos a reventar y escoria humana. Indignos de admiración.

jueves, octubre 07, 2021

Envejecer

Uno envejece en la cara de los amigos que no ve con frecuencia, en sus ritmos, en sus formas de apalancarse, en sus discursos apagados, en sus barrigas, sus canas, sus lamentos, en la manera de contar cómo éramos, en sus ganas de jubilarse, en sus penas por los hijos independizados.

Y es que uno no se ve envejecer con facilidad, porque se mira todos los días en un espejo que te dice cada mañana 'eres el mismo de siempre'. Como la lava del volcán, que parece que siempre está en el mismo sitio, que no avanza, pero que en cuanto te descuidas ha llegado al mar.

Yo me encuentro con gente a la que quiero, a las que veo de higos a brevas, y suspiro por que no perciban en mí lo que yo observo en ellos.

Es bueno sentir, aunque sea mentira, que los otros se estropean más, se vuelven más gruñones que tú y más desengañados de la vida. Convencerse de que uno va a mejor, que vive en plenitud, que gana con los años.

Creerse que uno está tocado por la varita mágica de la eterna juventud es una estrategia inmejorable para alinearse con el sol.

martes, octubre 05, 2021

Descolgados

Siempre me preocuparon los descolgados, una inquietud tambaleante entre la compasión y la admiración que me tenía confundido cuando era un chaval.

Tal vez porque yo era un descolgado. Mi adolescencia avanzaba por derroteros distintos a los de mis amigos, ¡los inseparables! Los que uno por entonces cree que van a ser para siempre.

A ellos no les gustaban los chicos, a ellos no se les había muerto la madre, a ellos no les veía yo comerse la cabeza por lo tremebundo que se me antojaba el vivir.

Entonces yo me iba agarrando a los raros, divisaba el horizonte cercano y, sin saber cómo, me asociaba a aquéllos que tenían problemas para integrarse, complejos físicos, familias desestructuradas.

Si yo era raro, tenía que estar con los raros.

Cuando quería ser normal me pasaba de rosca, me emborrachaba como una cuba, aceptaba todos los retos, me metía en todas las movidas, para demostrarle a ellos, es decir a mí, que yo era el más normal de los normales.

Pero los descolgados seguían ahí y yo los admiraba, por no ir en el rebaño. Y los compadecía, por no estar en el rebaño.

Tengo un imán, me dicen, para la gente complicada, a pesar de que gané la batalla, creo, que un día emprendí, sin saberlo, por dejar de ser un raro.

Con lo chulo que es ser diferente...

domingo, octubre 03, 2021

Error

Cuánta gente no se equivoca pensando que el amor es para siempre.

Que no hay que currarlo. Que cuando hay hipotecas, niños y amigos comunes ya todo se ha consolidado. Que basta con el beso de buenas noches y preguntar, de vez en cuando, si todo va bien.

Que basta con ser buena persona con el otro.

Que los silencios en la mesa de cenar no son destructivos, que la cara de cuerno constante se aguanta porque sí, porque toca. Porque te quieren, porque te lo mereces.

El amor como contrato.

Llega un día en que dices basta ya de fríos, quiero que me toques como entonces. Que me preguntes por mí y no por mi trabajo, ni por los niños, ni si necesito dinero o que te lleve a ningún lado.

Cuando el derrumbe empieza ya es complejo poner armazones que sostengan el edificio que se construyó con pilares fuertes, porque son estos los primeros que se carcomieron.

Muchos piensan en un futuro de cuidarse mutuamente, sin saber que no habrá quien le cuide cuando esos años lleguen.

No hay que esperar a dentro de un rato para decir qué guapo eres, cuánto te quiero, muero contigo, tenemos que volver a viajar a esos sitios donde fuimos tan felices.

Hostia

Estaba trabajando en Valladolid en las fechas en que la ciudad celebraba las Fiestas de San Mateo.

La parte alta de mi espalda, por esos días, andaba muy dolorida, lo que no me coartó para adentrarme por las calles del centro y así investigar en qué consistía esa celebración.

Los andaluces, educados en un castellano suave, de pronunciación redondeada, siempre nos sorprendemos con el español de las gentes de la Meseta, tan marcado en sus terminaciones, categórico, rotundo.

Me paseé entre las casetas, sin decidirme a instalarme en ninguna. Ofrecían cervezas, vinos, pinchos, quesos, cubatas. Yo sólo pensaba en la espalda y entendí que un par de cañas no vendrían mal para olvidar la punzada continua cerca del omóplato. Esa misma tarde había ido a un fisio y me había rociado bien de una crema que olía a eucalipto.

—Déjatela unas cuantas horas, para que haga efecto.

Por fin me introduje entre la multitud para pedirme mi cerveza.

El camarero olió la crema de mi espalda y soltó a voz en grito.

—¡Aquí alguien se ha pegado una hostia! Dios, ¡que me huele la caseta a Reflex!

Yo me hice el loco y salí de allí. 

¡Cómo impone el castellano de Castilla!


Andes

Tuve la fortuna de nacer con una enorme capacidad de sugestión, de forma que disfruto con pasión las cosas más allá del tiempo en el que se producen, sólo con imaginar cuándo ocurrirán o trayendo su recuerdo a mi mente.

Tras una semana de trabajo en la ciudad brasileña de Curitiba, volaba a Chile para continuar mis tareas en una fábrica cercana a Santiago. Toda mi lucha con la agencia de viajes fue reprogramar el vuelo para evitar la noche y poder así sobrevolar los Andes en todo el esplendor bajo la luz del sol.

La experiencia fue sobrecogedora. Dejas las cumbres blancas tan cerca que hasta las azafatas se asoman a contemplar el espectáculo de los lagos turquesa en un infinito manto blanco que refleja una luz imposible de disfrutar sin pensar que la magia existe.

El descenso comienza apenas las nieves han dejado paso a inmensos bosques verdes. A punto de aterrizar, cuando ya teníamos cerca las casas cercanas al aeropuerto, el avión rugió y se reorientó hacia arriba en una maniobra de una brusquedad inesperada. Los gritos se hicieron histéricos.

—Les habla el comandante, hemos debido abortar el aterrizaje por la presencia de manadas de perros en las pistas.

Nunca supe si eso fue cierto, pero hay veces en que las verdades son tan imposibles de creer que más vale inventarse mentiras piadosas cuando las situaciones se vuelven críticas.

sábado, octubre 02, 2021

Anodino

Enlazar palabras clave de conversaciones anodinas es una de mis especialidades.

En muchas ocasiones, me ha salvado. Sobre todo en el trabajo. Hay gente muy mediocre que se toma por interesante, que te suelta discursos soporíferos sobre temas que consideran transcendentales.

Entonces yo los miro a los ojos, pongo cara de atención y vuelo hacia territorios menos ásperos que los que me ofrece quien no me interesa.

Mi cualidad, bastante simple, consiste en retener dos o tres conceptos. Encadenarlos y anclarlos en mi memoria de las cosas prácticas. Este señor me ha querido decir que para conseguir cuadrar el presupuesto de una determinada fábrica es necesario disminuir el gasto en herramientas. Punto. Para ello ha necesitado veinticinco minutos, ponerse doce medallas, hablarme de lo ocupado que está y de lo malos compañeros que son aquéllos con los que comparte despacho.

Si fuéramos más directos con los temas terrenales, ganaríamos tiempo para extendernos en aquello que nos hace realmente crecer.

Berberechos

Me encantaba ir subido al carrito del Carrefour, o como quiera que se llamase por entonces.

Que mi madre se parase en la calle de las conservas y me dijese:

—Borete, busca los berberechos de tu padre.

Como un Indiana Jones pequeñillo de ciudad, yo iba a la caza de los berberechos, como si me cronometrasen para los Juegos Olímpicos.

Tal cual si fuera un perro al que le lanzaran una pelota, mi madre me ponía más retos. Los yogures que te gustan, el suavizante en bote grande, unos cepillos de dientes para tus hermanas, una bolsa con cuatro tomates bien rojos.

Yo corría por los pasillos y traía varias opciones entre las manos, para que ella decidiera qué suavizante, cuántos yogures o si podía cogerme unas palmeras de chocolate.

Sigo experimentando cierta melancolía cuando, cuarenta años después, voy con Fran llevando el carro del hipermercado. Él lleva todo organizado en el móvil, me va cantando la lista de la compra y a mí, de vez en cuando, se me produce un cosquilleo cerebral al pasar junto a los berberechos de mi padre.

viernes, octubre 01, 2021

Pata

De nada vale arrepentirse de los cristales rotos.

Ya la copa se rompió. ¿De qué sirve martirizarte con no haber dirigido bien el giro de tu brazo al recoger la mesa?

Yo no soy de darme latigazos innecesarios, la vida transcurre sin pausa en escenarios que no son corregibles. Vamos caminando y nos equivocamos, metemos la pata, descuidamos movimientos que se supone que controlamos.

Si la copa se rompe, tomemos la escoba y recojamos los cristales. No hay que paralizarse por movimientos torpes que hubiéramos sabido controlar. 

Amemos nuestras equivocaciones, porque son nuestros defectos los que nos hacen humanos. Las copas se vuelven a comprar, aunque no sean las mismas, las manchas, más o menos, se limpian, los arañazos en el coche por un mal aparcamiento no son sino rayones. 

Si tropezamos, soltemos una sonrisa. Somos un desastre, ¿y qué?

Me aburre la gente perfecta.

jueves, septiembre 30, 2021

Sudar

Me ocurrió algo en la fábrica que Renault tiene en la ciudad francesa de Le Mans que pertenece al espacio difuso entre lo real y lo fantaseado.

Debía presentar una nueva dinámica de trabajo al comité de Dirección de la factoría. Salí de París a las cuatro de la mañana para llegar a tiempo a la cita. Me coloqué mi mejor camisa blanca y me perfumé.

Me esperaban alrededor de una gran mesa redonda, y allí tomé la palabra tras presentarme.

Nada más comenzar, me interrumpieron unas cuantas veces con preguntas agresivas y a mí me asaltó la inseguridad. Por mi francés de entonces, por el tema en sí, por la ceremonia del recibimiento. El cuerpo se me descontroló y empecé a sudar. Sudé y sudé. Intentaba mirar la camisa, pero yo sabía que me estaba empapando. En un receso, pregunté por el baño. No había salida posible. Cerré la puerta, me desnudé de cintura para arriba y metí la camisa bajo el secador de manos. 

Nunca me había pasado algo igual, pero me entró pavor a realizar ninguna intervención en público, fuera por trabajo, la presentación de una novela o simplemente decir unas palabras en un encuentro entre amigos.

Un anuncio de televisión me salvó. ¡Había aparecido un producto mágico! Efectivamente, lo comprobé. Te lo aplicabas justo antes de dormir y al día siguiente ni una gota de sudor.

Perdí el miedo.

Ese botecito hace muchos años que se me acabó. Nunca lo volví a usar y nunca más se me descontroló el sudor.

El hecho de eliminarlo de mis pesadillas había provocado un efecto sanador hacia mis miedos.

Olvidé pensar en el pánico de hablar en público y mi cuerpo se hizo fuerte en mí.

miércoles, septiembre 29, 2021

Ghosn

Me atrae compulsivamente la gente inteligente, sea buena persona o no.

Me habían seleccionado, en un proceso formativo dentro de la empresa, para acudir a una conferencia de nuestro presidente, Carlos Ghosn, a la que sólo íbamos a asistir diez personas.

Ese mismo señor que fue apresado en Japón por delito fiscal, apropiación indebida y desvío de capitales, traicionando la confianza de todos los que habíamos crecido profesionalmente bajo su liderazgo, nos iba a hablar durante una hora.

Entró en esa sala enmoquetada como imagino que entraban los príncipes en las audiencias de sus castillos medievales, con la cabeza erguida y sin mirar a sus cortesanos.

Empezó a hablar de forma pausada, con su voz grave, y encadenó una tras otra frases de calado, propósitos de vida, visiones de futuro, en una suerte de mezcla improvisada de lo íntimo con lo industrial, del devenir del hombre frente a la naturaleza, de nuestro papel en el mundo.

Yo sentía algo parecido al síndrome de Stendhal, pero con la belleza de sus argumentos, con su capacidad para embelesarnos, de paralizar el mundo y hacernos creer importantes. Había en su discurso un componente no muy alejado al erotismo, todo un ramalazo de seducción.

La decepción fue enorme el día que lo arrestaron, pero me reconozco rehén de quien sabe hilvanar tan bien las palabras. 

Alguien sumamente inteligente me vuelve loco.

domingo, septiembre 26, 2021

Amarillo

Hay cadenas de televisión que me niego a ver, a pesar de ser las más vistas.

Hacer zapping tiene el peligro de que, de pronto, apareces en un lugar donde toda la gente es guapa y se habla a gritos. Más que atractivo, despierta curiosidad. Remoloneas un poco antes de cambiar de canal y uno le dice a la otra que es una furcia y ella que el otro es un cocainómano. Uno se queda con el mando de la tele en la mano abducido por semejante griterío.

El amarillismo atrae. La gente se aburre en sus propias soledades y le gusta el espectáculo de ver cómo otros se despellejan. Lo operadísima que está ésta, los cuernos que les ponen a la otra, lo mal que envejece este señor, lo antipático que este tertuliano. Te pones una cerveza, te sientas en el sofá y te plantas frente a ese circo romano.

Este país es muy así y a mí me duele.

—Lo hacemos por relajarnos —me dicen—, que ya la vida es suficientemente complicada.

Entiendo el argumento y lo respeto. Faltaría más. Pero pienso, en lo más profundo de mi corazón, que esos programas hacen un daño enorme a nuestra sociedad. La embrutece, la envaguece, la maleduca, la vuelve soez.

¡Hay tanto por disfrutar fuera de Telecinco!

sábado, septiembre 25, 2021

Conflicto

Cuando para atajar un conflicto se me plantean dos posibles salidas, siempre intento escoger la menos dramática.

Yo era de hacer la cruz, dejar de hablar, montar el pollo, poner el grito en el cielo y sofocarme.

Entendía, de joven, que la sangre caliente era una cualidad, que la autenticidad se medía en acciones drásticas y las reacciones no admitían medias tintas.

Afortunadamente hoy sé que, si alguien me hace algo injusto, me engaña, me ignora o me hace daño, antes de montar la de Dios es Cristo prefiero decirlo:

―Estoy muy molesto contigo.

Mucho. Hasta el infinito si hace falta. Pero ya sabemos lo que provocan los volcanes en erupción.

Ahora mido la autenticidad en frases sinceras y no en silencios corrosivos.

Es muy doloroso que alguien deje un día de hablarme y yo no haya tenido la posibilidad, siquiera, de escuchar por qué.

Confianza

Si alguien que me importa tiene su confianza puesta en mí, trato de no traicionar nunca esa apuesta que hizo.

Esta sociedad está llena de gurús que te dicen primero tú, luego tú y después tú.

Yo creo a medias en que el centro de mi vida sea yo. Lo soy porque sin mí no puedo vivir, porque tengo que quererme para ponerme en mi sitio, porque no puedo transmitir luz si estoy apagado. Otra cosa es la veneración del ego.

No traicionar la confianza de quien apuesta por uno no es un tema baladí, ni de fácil cumplimiento. Estar siempre donde te esperan es duro, te condiciona, muchas veces te limita. Es más sencillo hacerse el despistado, mirar para otro lado, pensar que esta vez no se darán cuenta.

Yo quiero estar allí donde tú crees necesitarme, que no se instale nunca la duda en ti sobre mi papel en tu vida.

Quiero que cuando mires a un lado me veas a mí, aunque sea a lo lejos, y nos regalemos una sonrisa.

Depresión

―Son tiempos muy malos, Salva.

Cenaba con un amigo en casa y, tras ponernos al día, él aseveraba que la humanidad pasaba por momentos muy difíciles.

―Son tiempos malos para ti ―le respondí.

Agobiado por enfermedades familiares y desengaños amorosos, tendía a aplicar al resto del mundo mundial su visión pesimista de las cosas. 

Yo le hice ver que a mí me iba bien, que el planeta ha pasado por otras pandemias, crisis económicas y de identidad. Que todo está tan mal o tan bien como otras veces.

No nos enseñan a tratar con gente descorazonada y cada uno utiliza los mejores argumentos que encuentra para tratar de fisurar el envoltorio negro, en el que se encerró esa persona a la que tú quieres, para que entre algo de luz. A mí me gustaría saber si debo sumarme a su tristeza para desde ahí tratar de sacarlo a flote o si es mejor ponerle frente al espejo de sus propias realidades.

Me da por pensar ¿cómo me gustaría que me tratasen si estuviese deprimido?

Creo que me apetecería que viniesen a mí, me acariciasen y abriesen las ventanas a la luz del sol, aunque me moleste, proteste y pida que las vuelvan a cerrar.

jueves, septiembre 23, 2021

La Palma

La empatía son cosas concretas, no una milonga. Es lamentar, por ejemplo, que haya gente de nuestro país que no tiene, desde hace unos días, un salón donde ver la tele, ni una cocina donde hacerse de cenar. Yo me he llevado toda la noche corriendo de un lado al otro de la isla de La Palma, en una coreografía perversa que no sabía controlar sino dando manotazos a la almohada. Tener tan reciente mi paseo en soledad por las lenguas de lava del parque de Timanfaya hacía aún más realistas mis sueños, porque trataba de escapar a través de un camino deforme que me destrozaba los tobillos y me quemaba los pies. Empatía es querer firmar donde haga falta para que esas familias tengan la protección del Estado que necesitan con urgencia, porque ese Estado somos todos y yo quiero que nuestro dinero vaya allí, a socorrer a quien se ha quedado, de un día para otro, en la calle. Ahí se comprueba la calidad humana de un país, no en proclamas desde una tribuna agitando banderas. En mi noche volcánica yo saltaba de una isla a otra para escapar del fuego, con la magia que nos conceden los sueños para volar. En la noche real, sin embargo, son personas con nombres y apellidos que hoy no pueden siquiera dormir.

martes, septiembre 21, 2021

Loco

—Este paisaje me vuelve loco.

Es apasionante compartir tu vida con alguien al que le vuelve loco desde un paisaje a un plato de fabada. Que lo dice con tal energía que no puede sino contagiarte.

Cuando hay terceras personas me gusta comprobar cuántas veces habla con entusiasmo del mundo. Suelta su risa generosa, se le cambia incluso la respiración y explica sus planes, o cuenta lo vivido el día anterior con la sensación certera de que no hay situación mediocre vista desde sus ojos.

Al pasear para cenar un par de tapas te suelta un 'pero qué maravillosa noche hace', al ir en moto por el centro de la ciudad exclama 'qué alegría vivir aquí', al ir al encuentro de algún amigo 'pero qué ganas de verlo'...

Yo, que de normal soy positivo, me regodeo en su capacidad de apreciar la belleza de las cosas.

Será por eso que su teléfono suena tanto, que tanta gente quiere verlo, que la vida se hace en él de colores.

Muchas noches, cuando estamos ya medio dormidos, se da la vuelta, me abraza y me susurra:

—Me tienes loco.


Saturación

Soy ferviente partidario de vivir en una saturación responsable.

Los días, como pequeñas vidas de horas que tienen principio y fin, son extremadamente limitados. O casi eternos, si los miras del revés.

Hay quienes se dejan llevar por ellos, al albur de cómo se vaya presentando la jornada, hay quienes organizan agendas manejables y hay quienes, como yo, los saturamos de contenidos.

Siempre tengo en mente más cosas de las que soy capaz de hacer, incluyendo aquéllas que me proporcionan placer. Especialmente éstas. Las que me provocan, me motivan, me divierten, me hacen crecer. Lleno mis días de actividades así.

Yo quiero lamentar no haber ido hoy al gimnasio, no haber estudiado inglés, no haber corregido los dos capítulos previstos de mi nueva novela, no haber investigado sobre la revolución tecnológica de los arranques de los coches, no haber tenido tiempo de comprar ciruelas para hacer de cenar esta noche mi plato favorito, no haber podido pasearme por la Alameda, no haber terminado el logo del negocio de mis hermanas, no haber podido adaptar la estantería a mi nueva impresora, no haber ido a recoger la nueva novela de Mikel Santiago, no haber comprado yogur de chocolate.

Quiero ser así. Tener muchas cosas que hacer, para luego picar de aquí y de allá hasta que llegue un nuevo día.

No es que me aterre el vacío, ni el silencio, que también forman parte de mí. Me asusta pensar que llegue el día en que no tenga mil sueños, pequeñillos, por cumplir. Tener la agenda llena para poder tirarla a un lado y decirte a ti que sí, que claro que me tomo ahora mismo una cerveza.

—No hay nada más importante que esa cerveza junto a ti.


lunes, septiembre 20, 2021

Disgusto

Hay personas a las que quiero incondicionalmente que se han convertido en gente que no me gusta.

¿Cómo se digiere eso?

Cierto que la vida es sabia, que en pequeños detalles uno se va percatando de que los caminos se separan, que nuestras mentes se van adaptando a la distancia que supone entender el mundo con miradas contrapuestas. Sin darte cuenta pasan días sin que nos llamemos, semanas, incluso meses y cuando te descuidas compruebas que se te ha pasado su cumpleaños una vez más. Te da apuro incluso no saber si sigue trabajando allí, si tuvo más hijos, si la familia está bien, si continúa su historia de amor.

Un día, tomando una cerveza, te viene a la cabeza el recuerdo de aquellas risas y te da por enviarle un mensaje, que normalmente es respondido rápido y con muchos corazones.

Tranquilizas entonces tu conciencia y te dices que sí, que si le pasa algo tú estarás ahí, que si te pide ayuda tú se la darás, que quizás de más mayores llegará un día en que llame a tu puerta y a ti te apetezca invitarle a cenar.


viernes, septiembre 17, 2021

Justicia

La vida es demasiado corta para ser justa.

Estoy convencido de que el tiempo terminaría por poner las cosas en su sitio, pero duramos poco en este mundo para ver siempre los resultados.

Todo se precipita rápido y, cuando te das cuenta, hay gente maravillosa que ha pasado por nuestro mundo a la que ya no podemos felicitar.

En el trabajo se encuentran grandes ejemplos de personas solidarias y de otras trepas que terminan sus carreras sin que el orden natural de sus comportamientos haya puesto las cosas en su sitio. Cuando la organización se da cuenta de lo mucho que contribuía el primero a que todo funcionase bien y de lo venenoso que era el segundo, ya les están haciendo la cuenta para la jubilación. Desgraciadamente, suele acabar mejor posicionado el que se ha dedicado a medrar para ascender a costa de quien hiciese falta.

Miro a mi alrededor y veo gente muy válida que no ha conseguido destacar. Personas que nunca pondrán una zancadilla, que siempre estarán ahí para cuando haya que echar un cable, que pondrán al equipo por delante de su persona.

Si existiese esa justicia universal, y si fuese más rápida, estoy convencido de que seríamos mejores personas, porque veríamos en múltiples ejemplos ajenos cómo hay que actuar en la vida para ser un verdadero triunfador.

jueves, septiembre 16, 2021

Allí

Yo estuve allí.

Me enfrenté a mil demonios, pero fui.

Sin saber si sí o si no, con la duda en carne viva y los miedos desbordados, me planté en donde siempre supe que tenía que estar.

Mientras el mundo giraba en su ciclo previsible y mi familia veía la tele en el salón, yo cerré la puerta por fuera con poca mochila y mucho corazón. 

Me lancé a descubrir qué se sentía, sin red de protección ni cómplice de emergencia, hasta romper la esfera invisible de lo que debía ser de mí.

Sin pedir permiso ni opinión, a solas con mis pasiones, curioso por descubrir, intruso de mundos que no hubieran sido para mí.

Salté esa valla, llamé a esa puerta, cogí ese tren, pegué ese grito.

Supe desde siempre que había que estar, para no echar hoy en falta la imagen del recuerdo que nunca hubiera existido.

-Salva, qué de cosas te pasan.

-Me pasan porque estuve allí.

Donde se cuece la vida, desordenada y a fuego lento, en el caótico chup-chup de lo imprevisto.

martes, septiembre 14, 2021

Sierra Bermeja

Las tragedias duelen proporcionalmente a lo cerca que ocurran de ti.

Yo, que soy urbanita, pasé un fin de semana inolvidable recorriendo los pequeños pueblos blancos de Málaga que se ocultan tras la Sierra Bermeja. En uno de ellos, Genalguacil, se reúnen artistas para exponer sus obras por sus calles, intrincadas, en un escenario verde que asusta por su belleza.

Subir esa sierra desde Estepona es un desafío al vértigo, tanto que da apuro echar a un lado el coche para contemplar el azul del Mediterráneo desde ese lugar privilegiado, un macizo montañoso de color rojizo que garantiza el clima casi tropical de la Costa del Sol.

Me impactó tanto ese viaje que no puedo pasar por Estepona sin quedarme embobado con los colores 'bermejos' de esa sierra que se ha achicharrado estos días.

¿Qué estamos haciendo mal?

lunes, septiembre 13, 2021

Pereza

Qué mala es la pereza cuando te coge por la espalda.

En esos períodos en que todo rula bien, con proyectos en la cabeza y ganas de mover el cuerpo. Los días tontos imprevistos en los que eres capaz de no desayunar por no levantarte a poner el pan en el tostador, en los que se te hace un mundo llenar la lavadora o bajar la basura de vidrio al contenedor que está a doscientos metros.

Si eso te ocurre en Navidad, o tras unas vacaciones, o en un período de bajón emocional, casi que le abres la puerta para que entre a acompañarte y que te acaricie el lomo, a la sana pereza.

La otra, la rastrera, te inocula bajadas de tensión, te mete pensamientos en bucle en la cabeza y te funde los plomillos.

Yo, guerrero de causas cotidianas, hago lo posible por negarme a sucumbir. Le busco las vueltas y, en cuanto se descuida, ya estoy fuera de casa, ya camino en calles concurridas en busca de una novela, de una cerveza con un amigo, de una visita a una galería. 

Eso le sienta a mi enemiga como el ajo al conde Drácula.

jueves, septiembre 09, 2021

Impacientes

Somos impacientes intuyendo la vida de los demás.

No nos coge el teléfono y ya pensamos que no quiere hablar con nosotros, está días sin llamarnos e imaginas que se ha olvidado de ti, lo ves tomando una caña a solas y deduces que le ha dejado la pareja, lo notas un poco más gordo y piensas que se están dejando ir.

Son muchas las veces en que la realidad de las cosas supera a la ficción, por lo que no conviene juzgar. Menos aún con la rapidez de un cowboy tirando a matar.

Es normal que anticipemos nuestras reacciones cuando alguien nos importa, tan sólo me digo que es bueno darse el tiempo para respirar la vida del otro, con unas prioridades que no son las mías, un corazón que bate a otro ritmo, una libertad para actuar a su modo sin que yo tenga derecho a recriminarla cada vez.

Que levante la mano quien no haya metido bien la pata por suponer, de más, acerca de la vida del otro.

Si nos agobia la gente que nos juzga en nuestras rutinas, no debemos permitirnos hacer igual con ellos.

No vale sólo con perdonarnos nuestras imperfecciones, los demás también tienen derecho.

domingo, septiembre 05, 2021

Confianza

He vendido cientos de mis novelas a ciegas.

Mis lectores se interesaban en ella, yo les decía que se la podía enviar dedicada y ellos respondían que sí.

Me acercaba a la librería, la compraba, les escribía unas palabras de agradecimiento por haber confiado en mí y 'El Gusanito lector' se encargaba de enviarlas.

-¿Y si no te la pagan? -me preguntan al explicarlo.

-Si no me la pagan, ¿qué? -respondo.

No me voy a volver pobre si alguien me sale rana. La confianza se establece desde el momento en que una persona demuestra interés en mí.

Van cientos de novelas dedicadas y nunca, nadie, en ningún momento, ha dejado de ingresar el dinero al recibirlas.

sábado, septiembre 04, 2021

Primera

¡Me gustaría tantas veces visitar Sevilla por primera vez!

Girar por la calle Placentines y dar un grito de emoción al ver la inmensidad de la Giralda caer sobre mí; no saber que al final de la calle Guadalquivir se encuentra el majestuoso cauce del río; oler a azahar en primavera y enloquecer la sangre de pura vida; dar de comer a las palomas del Parque de María Luisa sin saber qué me iban a picar las palmas de las manos, entre risas histéricas de mis hermanas; descubrir los azulejos de la Plaza de España y sentarme a ver las barcas chocarse entre sí.

La vez primera tiene la poca vergüenza de quedarse con ese flash que te desvela. Te desvirga. Te inocula el veneno que amortigua la pasión que te provoca cosquilleos en la barriga.

La vida pasa entre primeras veces que van ocultando el tablero hasta dejarlo sin casillas libres. Todo lo conoces, todo te suena, todo lo has vivido, has pasado por vez primera por el enamoramiento, por el luto, por el sexo, por la traición, por la victoria y la derrota.

Yo no desespero. Sé que hay armas para combatir ese creer saberse tan vivido, porque ese flash de la vez primera, el que te deslumbró, no te dejó ver los detalles, el ladrillo, la flor, el azulejo, y quizás es ahí donde se encuentra la verdadera felicidad, en la delicadeza de los detalles por descubrir.

jueves, septiembre 02, 2021

Carne viva

Hay momentos en los que me gustaría sentir menos.

Tener la sangre aguada, estar programado con circuitos electrónicos y saber darle al 'off'. Aprender a enfriar el corazón y no mirar a mi alrededor como si todo se manejase en carne viva.

Querría saber disfrutar de lo rutinario, a ratos, sin plantearme a cada momento el porqué de las cosas.

Son instantes que pasan por mi cabeza en que suplico por robotizarme un poco. Vestirme de metal, componer mi mundo de dinámicas ingenuas por las que dejarme llevar, como un tobogán interminable en el que sólo estuvieran permitidas risas infantiles.

Punzadas tontas de desconcierto en las que quiero renunciar a ser tan yo.

Tirar por la borda la intensidad de vivir a pleno pulmón y tomar un respirador prestado, enchufado a un lugar que no ofrezca sorpresas, para que todo funcione sin pensar en cómo lo hace.

Querer con calma, odiar por diversión, tumbarme en diagonal en la cama, mirar al techo y no ver sino techo, con toda mi cabeza del mismo blanco de la pintura, sin resquicios para colores que allí no existen ni figuras que yo me invento.

Creer que es posible girar en redondo, romper las normas de lo temporal y volver, de vez en cuando, a aquel lugar que pensé perdido para siempre.

miércoles, septiembre 01, 2021

Ideal

Una gran parte de la población, entre la que me incluyo, tiene sus ídolos.

Si los ídolos están vivos, y se saben admirados, deben saber gestionar esa carga envenenada.

Hay gente ideal, que es guapa, simpática, canta, baila y transmite emoción. Yo los observo desde mi plácido lugar en el mundo porque me atraen, como el curioso que soy y como el novelista que ejerce. Incluso le dedico tiempo a pensar sobre ellos, porque en esta vida tenemos tiempo para ponernos en la piel de mucha gente, una gimnasia más que recomendada para empatizar.

Al confirmar sus atractivos no puedo dejar de ver los precipicios que les rodean. Son personas ideales acostumbradas a que haya una cámara dispuesta a robarle cada sonrisa para enseñarla al mundo.

¿Serán ideales para gestionar que no todo el mundo es ideal? ¿Sabrán encontrar la pasarela que les lleve a la calma de saberse prescindibles?

Hay un problema gordo en ser maravilloso, y es que el resto del mundo no lo suele ser, y eso implica que uno tiene que ser también maravilloso en el tratamiento de su propio ego, de sus miedos, de su relación con el mundo.

Porque un mal paso te lleva al precipicio.

martes, agosto 31, 2021

Mejorar

Uno de los placeres que te proporciona el vivir es cuando aciertas a progresar.

A mejorar como persona.

Mi mayor pesadilla sería confirmar que no crezco en mi interior.

De nuestro exterior ya se sabe, hay cuestas que una vez que comienzan a bajar, como mucho, las puedes ralentizar. Pero hay que saber emanciparse del cuerpo para llegar a tu mejor yo, conviviendo con él, cuidándolo, porque te da la vida, pero agrandando cada vez más aquello que nos hace grandes, especiales, auténticos, eso que no se pesa ni se mide, que no se refleja en un espejo ni se guarda en fotos, lo que transmites al mundo cuando el mundo cierra los ojos.

Crecer en sabiduría, en templanza, en amor a través de la consciencia de lo que realmente importa, que no se paga en euros ni se viste de colores.

Ser cada día más de fiar.

viernes, agosto 27, 2021

Sargento

Por no verme condicionado por las prórrogas, no me hice objetor cuando me tocó hacer la mili. Quería quitarme el 'muerto' de encima cuanto antes para empezar a trabajar.

Así que la empecé cuando terminé la carrera, desfasado respecto al resto de reclutas, a los que sacaba cinco o seis años.

El día de mi cumpleaños, en plena instrucción, esperaba como un tortolito más en la fila para entrar al comedor del cuartel. A voz en grito señalaron que empezaba nuestro turno y el sargento que había a mi lado me soltó un palmetazo en la coronilla, sin venir a cuento, para que me diese prisa.

Ha sido el momento en que más cerca he estado de perder los papeles y devolver el guantazo.

Si yo recuerdo como el momento de mayor vejación personal en mi vida ese tortazo de una persona que se servía de su jerarquía para hacer de las suyas, no quiero imaginar lo que podrá sentir una mujer a la que, contra su voluntad, un hombre la somete, la reduce y la viola.

No hay posible perdón con quien abusa de su fuerza para someter a otra persona.

Díselo

Si algo te gusta de alguien, díselo.

No esperes a que llegue el momento adecuado. Díselo ya.

Nunca sabremos de todos los monstruos que pululan por la cabeza de quienes queremos, ni cuántos de ellos tienen que ver con inseguridades descontroladas.

A mí me dijeron desde muy pequeño que era muy gracioso contando historias y me hice escritor.

¿Me habría lanzado a escribir relatos en papel de no haber tenido a mi lado a quien me hiciera ver que les gustaba?

Todo el mundo tiene su punto fuerte, luminoso; toda persona está muy por encima de la media en algo. Pero no todos saben verlo. Somos los que estamos fuera y lo vemos quienes tenemos que decírselo.

Me encanta cómo cuidas de tus padres, cómo sonríes, cómo cocinas, cómo cantas, tu disciplina, tu amor propio, tu forma de vestir, tu capacidad de tirar de la familia, tu manera de llevar una conversación, lo bien que llevas tu empresa, lo eficiente que eres en el trabajo, tu dominio de los idiomas, tu ironía, tus ojos, tu metabolismo, las ganas que le pones a todo, cómo amas a los tuyos, tu memoria, el modo en que explicas cosas complejas, tu fuerza para cambiar de trabajo, que estés pendiente de mí, tus fotografías, tus ganas de vivir, tu risa contagiosa, tu facilidad para emocionarte, tu contención, tu generosidad, lo fácil que haces todo, lo fiable que eres, lo puntual, tu capacidad de perdonar, tu altruismo, lo bonita que tienes tu casa, tu manera de ver la vida, tu fortaleza mental, lo bien que siempre me trataste, lo que presumes de los tuyos, tu olor, tus manos, tu mirada, tu empatía, tus ganas de cambiar el mundo, tu tono bajo al hablar, tu vozarrón, tu voz.

Son empujoncitos invisibles hacia una persona mejor.


RW2

El otro día comíamos en un restaurante de playa al que teníamos ganas de ir. Nos atendieron a la perfección, el sitio estaba decorado con buen gusto y la carta era original.

Cuando el maitre vino a tomar nota le pedimos primero el vino.

-Un Carmelo Rodero, por favor.

-¿Un Carmelo qué?

Hay determinados momentos, en el ámbito profesional, en los que no se debe fallar, porque haciéndolo pierdes la confianza del otro. Tú no tienes por qué conocer el Carmelo Rodero, el maitre de un restaurante de postín, sí.

A mí me ocurre en mi trabajo. En la industria del automóvil hay mil y una siglas: GMF, UCM, DSTR, RO, TPM, DSTAR, SSAR... Yo no me puedo permitir no saber qué significan, porque tiro por tierra mi credibilidad en mi puesto. Siempre hay quien tiene los colmillos afilados esperando cogerte en un renuncio.

Así que cuando alguien lanza un:

—Salva, averigua el RW2 que tienen las fábricas de Sudamérica.

Yo, que no tengo ni idea de lo que es el RW2, respondo:

—En cuanto lo tenga te lo paso.

Es entonces cuando tiro de la gente que me quiere o de mis dotes de investigador para conseguir el RW2 de Sudamérica.

En el ámbito profesional hay que andarse con pies de plomo, porque no estás rodeado de amigos sino de compañeros. Muchos te aprecian, pero otros aprecian tu puesto. 

Sí, la vida es dura, pero si quieres que en el trabajo te vaya bien hay que saber que no se pueden mostrar, a menudo, debilidades.

Porque te comen con patatas.

jueves, agosto 26, 2021

Almohada

Hay noches en que me despierto, de golpe, con la almohada agarrada, estrujada, con el puño de la mano.

Como si me la fueran a robar.

Especialista en controlar mis sueños, ese gesto de fuerza, de tensión, me confunde. Como si la placidez con la que suelo pasar las noches fuese de mentira y mi cuerpo librase batallas contra monstruos que andan dentro de mí.

Hay días en que me levanto con la espalda cogida, tal como si me hubiesen retorcido la columna.

¿Qué vidas paralelas llevan nuestros cuerpos? ¿se dedican a desfogar tensiones mientras andamos despistados en sueños engañosos?

Yo le pregunto a Fran:

—¿Me ves dormir bien?

—Como un angelito.

Sé que es así, que duermo con un abandono infantil, hasta que llega la noche en que un ruido me despierta, tal vez provocado por mi otro yo, y me encuentro agarrado a la almohada, clavando los dedos, como si mi vida dependiese de ello. Siento, en ese instante, una punzada de terror.

Por eso, quizás, voy desde hace años al osteópata una vez al mes. Me encuentre bien o mal, para poner así en sintonía el cuerpo con el alma.

¿Cuánto conozco del hombre que hay en mí?

Hámster

Recuerdo que tenía 45 años, porque me lo preguntó.

—Quizás demasiada edad —me dijo.

Desde los Recursos Humanos de mi empresa, se me habían propuesto una serie de entrevistas con altos cargos para comprobar mi potencial con la vista puesta en alguna promoción profesional.

Ésta era el último de los encuentros. El ejecutivo, de trato amable, incluso campechano, dio un repaso a su vida en voz alta, quiso narrarme su proceso personal hasta llegar al alto puesto que ocupaba, con miles de personas a su cargo; la importancia de los síes y de los noes, los errores al no aclarar condiciones antes de aceptar determinados puestos, la satisfacción de los proyectos bien acabados y, lo que me dejó realmente marcado, el apabullamiento de la presión.

—Llegó un momento —me decía— en que empecé a sentirme como un hámster en una rueda, corriendo en un circuito sin fin, creyendo llegar al queso. Llevo diez años en esa rueda, que cada vez gira más rápido y de la que no sé cómo escapar.

Agradecí enormemente su sinceridad.

—¿Eres feliz con lo conseguido? —le pregunté, con la esperanza de obtener, al menos, una reflexión sobre la satisfacción de haber llegado tan lejos, un atisbo de autocomplacencia.

Su expresión irónica como toda respuesta, seguro que algo teatral, fue la propia de un hámster atrapado en su carrusel.

Me acercó en su coche a la Plaza Mayor de Valladolid, cerca de mi hotel. Yo quedé allí, en medio de la plaza, planchado, perdido, desubicado.

¿Ése era el precio a pagar?

Siempre he querido ser impecable en mi trabajo, tanto como claro he tenido que no iba a convertirme nunca en un mercenario que pusiera a la empresa por encima de la familia y el bienestar personal, ni por ganar estatus ni por hacer más dinero, porque el día en que te jubilas, si llegas, el precipicio es insoportable. 

Y el queso, desapareció. Ya hay otro hámster detrás de él.




miércoles, agosto 25, 2021

Carrefour

Salíamos hacia Portugal y le propuse a Fran que hiciéramos escala en un hipermercado a la salida de Sevilla.

—Quiero hacer una fabada.

Se la había visto hacer a un amigo en su canal de Instagram y, viendo lo sencillo que parecía, me lancé a buscar los ingredientes.

—Yo voy a comprar un solomillo ibérico para cenar esta noche, que tenemos un tinto riquísimo en casa —se lanzó Fran, con esa habilidad que tiene para entusiasmar con sus propuestas.

Allí estábamos lo dos, en la carnicería del Carrefour, observando cómo una mujer nos preparaba el solomillo. Con un cuidado casi oriental fue quitando cada pitraco, loncheándolo bien para hacerlo a la plancha, aplastándolo, limpiándolo. 

Fran y yo nos miramos.

—Dile algo —le propuse.

No lo dudó.

—Señora, da gusto ver con el cariño que hace su trabajo. ¡Vaya solomillo bien preparado!

La carnicera enrojeció hasta casi perder el pie.

—Me habéis alegrado la mañana —nos confesó.

Luego, camino de Portugal, escribimos un email al director del centro comercial para alabar la profesionalidad de esa mujer, que tenía impecable su territorio. 

Antes de cenar recibimos su respuesta. un 'muchas gracias' en mayúsculas y el compromiso de felicitar a la carnicera.

¡No he comido un solomillo más rico en mi vida!

A veces, muchísimas, es muy fácil hacer feliz. Y cuando lo consigues, sales ganando tú.

Banca

—¿Cómo ha ido el verano? —le preguntaba por teléfono un amigo mío a su compañero, el día de vuelta al trabajo.

La llamada se cortó.

"Están grabando las conversaciones" le escribió, como respuesta, a su móvil personal.

En cierto sector de la banca, a personas más que preparadas y con amplia trayectoria en la empresa les controlan hasta el tiempo para ir al baño, registran sus conversaciones y les marcan objetivos imposibles cada día.

"Hoy tenéis que firmar dos seguros de vida y cuatro tarjetas de crédito".

Y les llaman a las diez, y a las doce, y a las dos.

Si no han conseguido los resultados, les ponen mala cara, si los han conseguido, se los doblan.

—Salva, yo antes estaba feliz en mi trabajo —me decía esta semana.

Ahora tiene pesadillas y se le hace un mundo ponerse la corbata para ir a currar. De no ser porque tiene una vida personal feliz, sería candidato para entrar en depresión.

Multinacionales del Ibex 35 que presumen de modernidad y ofrecen su cara amable en reportajes a todo color en la prensa dominical.

La modernidad está en motivar al personal, hacerles sentirse orgullosos de su empresa, darles su espacio para conseguir los resultados, permitirles interrelacionarse entre ellos.

lunes, agosto 23, 2021

Padre

Cada vez que digo una frase muy larga pierdo el aliento en la última sílaba.

Como mi padre.

Hay tantos tics heredados, tantas miradas en el espejo en que lo veo en mí, tantos andares con los brazos cruzados atrás como él, tantos '¡ea!' para terminar una charla que siento que la grandeza de la vida se me muestra a diario en pequeños gestos. Ese transitar como un eslabón más de la cadena natural, casi animal, en la que consiste existir. Las mismas piernas, el mismo poco pelo, los ojos achinados y esa risa ronca.

Su impaciencia, sus ganas de calle, su ansia por aprender.

Todo lo conserva en mí.

Recordando su figura de viejo, veo al viejo que pretendo ser. Elegante, educado, buen conversador.

Cuando compruebas las trazas de tus padres que hay en ti comprendes la eternidad.

Valiente

Uno se cree valiente hasta que se topa con la cruel realidad de las cosas.

Hice escala en el aeropuerto de Miami, camino de Bolivia. Allí me esperaba una cita de amor. Estaba en la veintena.

Al decirnos que teníamos diez horas de escala en la ciudad estadounidense, salí de la zona de embarque y me lancé a la aventura de descubrirla contrarreloj. Tomé el autobús que me indicaron y rápidamente comprobé que la mayoría del pasaje hablaba en castellano.

—¿De dónde eres? —me preguntó el chaval que iba a mi lado.

—De España.

Él era nicaragüense. Más jovencito que yo. Rápidamente descubrimos que los dos estábamos haciendo escala en la ciudad.

—Voy a visitar a mi familia, vengo de Nueva York.

Me dijo que no tenía recuerdos de su país, porque ya desde muy pequeño vivía en un apartamento de Harlem, y me pidió si le importaba que me acompañase en ese recorrido exprés por la ciudad. 

Fue divertido. 

A mí me sorprendían los rascacielos, a él las playas. Así que con mi cámara desechable nos hicimos fotos con aquello que a cada uno más le llamaba más la atención. 

—Ya me darás una dirección y te las envío —la pena es que no me la dio en ese momento.

En la vuelta al aeropuerto todo se precipitó. Nada más bajar del autobús un par de policías nos pidió que les acompañásemos. Nos llevaron a una planta sótano, muy sótano, y nos comenzaron a interrogar. A mí medio me destrozaron el pasaporte para ver si era auténtico. Yo, aterrorizado, sólo quería tomar mi vuelo para Bolivia. Hacían llamadas a no sé muy bien quién y deletreaban mi nombre.

—Su amigo tiene un billete falso de avión, ha cometido un delito. ¿Es usted consciente?

—Él no es mi amigo —confesé—. Lo conocí hace unas horas en el autobús.

El miedo lo puede todo. Aún hoy en día me maldigo por no haber sabido despedirme de él ni tener una dirección donde enviarle sus fotos en esas playas que tanto le maravillaron.

domingo, agosto 22, 2021

No tocar

―No les des la mano ni las mires a los ojos ―me aconsejó Hammid―. No las debes tocar.

Cuando tuve que ir por trabajo a Irán, poco antes de la pandemia, lo hice con los ojos muy abiertos. Quería saber de primera mano cómo era aquella sociedad y tenía una semana para descubrirlo.

Tuve dos grandes cómplices en esa corta aventura: el guía que encontré por Instagram y la ingeniera con la que tenía que tratar las cuestiones técnicas que estaban en el origen de mi misión.

Hammid, el guía, resultó ser un fiel defensor de la ley islámica. Con un trato excelente hacia mí, me enseñó Teherán con su mirada. Hablaba con devoción de los ayatolah, criticaba la agresividad de Estados Unidos, me llevaba a mezquitas para mostrarme el rito chií y defendía el modo de vida obligatorio.

―Es nuestra ley, Salvador.

Nada más aterrizar, ya comprendí que el uso del velo por parte de la mujer no era opcional. En una semana no vi una sola que no lo llevara.

―Yo no puedo más ―me decía la ingeniera a la hora de comer―. Quieren disfrazar de democracia una dictadura religiosa. No hay partidos políticos agnósticos, Salvador. Aquí todo lo domina la religión.

Lo hablábamos con mucho cuidado, en inglés y en voz baja, porque sus compañeros comían en la misma mesa. Hacíamos por poner dos franceses de barrera para poder charlar con cierta tranquilidad.

Poco después, Donald Trump volvió a aplicar el embargo, mi empresa se tuvo que ir de allí y ella se quedó sin empleo. Una tarde recibí un mensaje suyo.

―Salvador, necesito que me ayudes a salir de aquí. Al menos a alguien de mi equipo.

A pesar de que lo intenté, no conseguí nada, pero sí sé que ella consiguió escapar a Rusia con la familia. Me envió una foto desde allí, sonriente y con el pelo al viento.

En estos días me desayuno con el drama de Afganistán y pienso en ella. En tantas mujeres con el futuro roto. En cómo sus propios hijos, sus padres, sus hermanos se convierten, sin pudor, en sus propios carceleros. 

Demencial.

viernes, agosto 20, 2021

Precio

Los que no saben lo que es leer, cuando se enteran de que soy escritor me preguntan cuántos libros vendo, no las historias que cuento.

Yo trato de llevarlos a mi terreno y en ningún caso les respondo a esa pregunta.

Es extraño que conozcas a alguien y te diga que es enfermero, camarero o arquitecto y tú le interrogues acerca de su salario; sin embargo lo de escribir provoca una curiosidad malsana por saber si uno se puede ganar la vida con eso.

Tal vez ocurre porque el que no aprecia la lectura no sabe qué preguntar a un escritor. Incomoda interesarse por las razones últimas que llevan a alguien a inventarse historias con las que provocar una reacción al otro lado de los libros. 

El que no ama la lectura no encuentra sentido práctico a la escritura, porque un enfermero, un camarero o un arquitecto sí tienen su claro cometido. Es quizás por ello que se plantean, ¿cuánto dinero mereces ganar por contar cuentos?

Intento explicar el sentido de la literatura, aunque cada día tengo más asumido que hay terrenos baldíos en los que es improductivo sembrar la semilla de la curiosidad por lo que no es tangible, ni le ocurre al vecino de enfrente, personas incapaces de dejarse llevar por mi mano para pasear en determinados momentos fuera de sí.

jueves, agosto 19, 2021

Golpe

Cuando recibes un golpe emocional fuerte cuesta mucho volver a sentir el placer de las sábanas al amanecer, o el gustazo del primer sorbo de una cerveza helada. 

El mazazo personal te expulsa del Reino de las Pequeñas Cosas.

Te castra los sentidos, te los programa en el sistema básico de emergencia, de forma que ver sea exclusivamente ver, el olor no te lleve a ningún lado y el roce no te provoque más sensación que la de saber que tocas algo. La sensibilidad se te coloca en modo 'avión'. No captas ninguna onda mínimamente transgresora, la sutileza es una palabra tabú y todo funciona a pilas.

Es entonces, al verte exiliado en el País de las Cosas Serias, cuando comienzas a analizar ese nuevo territorio en blanco y negro en el que no quieres vivir, porque queda un rescoldo de lo que fuiste a pesar de tener reducidas las capacidades a la estricta supervivencia. Buscas rendijas por donde asomarte, abres puertas que están cerradas, gritas sin sonido que quieres volver.

Allí donde lo tonto te daba la vida.

Lo haces asustado, porque en ese espacio sin colores te encuentras con gente que un día entró y ya no supo salir. 

Yo les diré que no soy de allí, que mi Reina me tiene guardadas cintas de vídeo en las que aparezco caminando por la playa cogido de la mano de mi amiga Silvia, puddings de pan con una receta secreta, libros de aventuras donde guerreros dan la vuelta al mundo y veranos eternos.

Todo en color.

martes, agosto 17, 2021

Benavente

Tuve un jefe, y amigo, que me dio el mejor curso intensivo de idiomas, en una sola frase y en español.

―Salva, tú habla francés del tirón hasta que veas que te fruncen el ceño.

Es cierto, la mejor forma de mejorar un idioma es practicándolo sin buscar la perfección, porque entonces nos bloqueamos. Es muy difícil dominar una lengua sin haberla mamado desde la infancia, pero eso no nos debe llevar a la frustración. Lo importante es poder enviar y recibir el mensaje, y está claro que cuanto más lo ejercites más recursos irás adquiriendo.

Lo que sí es básico es tener ganas de progresar, de modificar cada día un sonido, una expresión, de estar atento a las películas, a las canciones, a cualquier estímulo en esa lengua para adaptarlo en el futuro. Tengo compañeros de trabajo que repiten una y otra vez fallos incomprensibles en francés con frases que repetimos a diario.

Estos días en Lanzarote he ido todos los días al buffet del restaurante a cenar. Cada día tomaba algo a la plancha, rodeado de ingleses y alemanes. El cocinero siempre les preguntaba:

-¿Medium? -así, pronunciado tal como se escribe, para interesarse por el punto de la carne. 

Los guiris le respondían 'mídium', tal como se pronuncia.

Pero cada noche el cocinero vuelve a preguntar '¿médium?'

Llevará treinta años en esa plancha y no ha cambiado la 'e' por la 'i'.

Nitidez

El mundo se ve con más nitidez cuando viajas solo.

Cuando recorres paisajes sin nadie a tu lado te sientes transparente, como si te hubieran cogido con la pinza del Google Maps y te hubieran colocado como un muñequillo en una calle desconocida. Allí te quedas plantado, con tu cámara a cuestas, observando cómo deambulan los demás, que sí se sienten protagonistas de su propia historia.

Te conviertes en un intruso consentido que no ocupa espacio y que observa cada detalle con ojos frescos. En esos momentos no eres de ningún lado, porque no hablas y tu acento no te delata, porque no te preguntan y no tienes nada que contar. Eres el espía perfecto de ese paisaje que has decidido conquistar.

Cuando vas acompañado no todos tus sentidos están puestos en lo que es ajeno a ti y se te escapan cosas. Eres un protagonista más, que interactúa, se ríe y charla.

Yo quiero siempre viajar en buena compañía, pero cuando estoy solo me llevo la mar de bien con el turista curioso que hay en mí.

Insoportables

Tengo un problema muy serio: hay gente a la que no soporto.

Se cuentan con los dedos de una mano, pero ahí están.

El problema es real, porque son personas que no me han hecho nada malo ni han cometido ninguna tropelía.

Me siento como cuando un perro reacciona gruñendo cuando se le acerca alguien determinado. Igual. Una sensación de puro instinto que nace desde las tripas. No me gusta esa sensación.

Al ser una característica de mí que no me gusta, hago por reprimírmela y trabajarla. Me llevo mal con lo irracional. De hecho, algunas veces que a mis buenos amigos les he comentado que no puedo con tal o tal persona, ellos me han hecho ver que no hay argumentos.

―Salva, de verdad, no es mal tío.

Yo trato de ser cordial, dejo los suspiros para después, pero es cierto que si estoy en la máquina de café y los veo acercarse, huyo. Cuando se sientan a charlar conmigo, me levanto para acelerar la conversación. Si me llaman por teléfono, no respondo y les envío un wasap seco. Es escucharlos reír y me pongo enfermo.

Lo preocupante es que no se dan cuenta de mi estúpida repulsión hacia ellos, lo que incrementa aún más mis ganas de tenerlos lejos.

lunes, agosto 16, 2021

Castrante

Pensar que todos nos miran es una de las actitudes que más nos puede empobrecer.

Nadie nos da la importancia que nosotros creemos tener. Suficientes preocupaciones tiene el personal como para inquietarse por la forma en que vistes, las cosas que dices o lo rápido que andas.

Los seres humanos nos empeñamos en creernos centros del universo, cerramos la puerta de casa y pensamos que todos con los que nos cruzamos saben de nuestros reconcomes. 

Tenemos que aprender a caminar libres de ataduras. Estemos tristes o alegres, no hay que disimular los gestos.

Comportarse así ayuda a crecer. Entender que para los demás eres invisible es una forma de ser más fuerte, porque te acerca a la realidad del mundo.

Hay que ser libres, respirar a pleno pulmón y sentirse ajeno al comentario de otros, porque ellos no están en tu piel, no saben qué es lo que te come por dentro y dormirán en su casa pensando en los fantasmas propios, no en los tuyos.