viernes, junio 03, 2016

Le Mans

A Le Mans se llega en poco más de un par de horas de coche desde París.

Es un lugar coqueto para vivir, aunque difícil para un andaluz por su clima áspero; con una catedral fortificada sobre un montículo que impone su carácter, enredada entre calles de piedra donde se comen rilletes, un paté de cerdo tan rico como graso, delicioso para probar con un vino blanco de Sauternes; calles protegidas por unas murallas que defendían este viejo territorio de las Galias, enclave futuro de disputas entre católicos y calvinistas.

Sólo conocida por sus 24 horas, fue cuna del ferrocarril francés y es buena puerta de entrada para visitar el País del Loira.

Allí, a Le Mans, tuve que desplazarme innumerables veces cuando trabajaba en París. Con una enorme fábrica de transmisiones en pleno núcleo urbano, me lanzaron el encargo de participar en varios grupos de trabajo que trataban de llevarla a ser número uno de su sector en resultados de calidad. Fui bien recibido por una gente que habla un 'patois' difícil de entender para quien ha aprendido francés con fascículos de Planeta-Agostiini.

Tras la primera visita que hice a la fábrica, acompañado de mi jefe, me despedí de él para hacerme con la ciudad. Era un martes, aún hacía luz, y tenía todo Le Mans para mí. Él, sin embargo, me comentó con tanta torpeza como cortedad:

'El turismo es para los fines de semana, Salvador'.

Yo lo miré con cara rara, le dije hasta mañana y me lancé a la búsqueda de las rilletes a la sombra de la catedral.

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