domingo, junio 12, 2016

Lalola

Acudimos este viernes noche a la taberna animados por los comentarios entusiastas de una amiga muy de fiar en temas culinarios. Con la vespa, los pantalones cortos y muchas ganas de disfrute, nos plantamos en un restaurante de Los Remedios encerrado entre grandes bloques de hormigón.

Habíamos reservado previamente, pero nos colocaron en una mesa alta al tener el resto ocupadas por dos grandes grupos, bastante ruidosos.

Elegimos de la carta de vinos: 'Cortijo de los Aguilares', un tinto de Ronda que nunca defrauda. No tenían. El camarero, simpático, tomó un boli y nos tachó de la carta todos los que estaban agotados. Pedimos un 'Lalama', un gallego de la Ribera Sacra que ya habíamos probado otras veces. Al rato llegó para decirnos, apurado, que acababan de servir el último.

Preguntamos por aceitunas para picar algo mientras tanto.

-Ponnos el que tú veas. Un tinto rico, potente -le pedimos.

Entretanto pasó a explicarnos todos los platos que se habían caído de la carta. Mucho por memorizar. Cuando vino con un 'Predicador', caliente de estar a pleno ambiente de preverano sevillano, ya teníamos las ideas claras. Le rogamos por una cubitera con hielo donde meter la botella.

Pedí un salmorejo de aguacate, Fran una ensaladilla y unas sardinas en tosta para compartir. Unos fideos fritos con ternera del fuera de carta para terminar.

Seguían sin llegar las aceitunas.

Las sardinas eran, o sabían, a anchoas. Es posible que fueran sardinas marinadas, pero a mí no me gustan las anchoas, así que esperé a los fideos. El salmorejo estaba rico, pero tardé en averiguarlo porque me lo trajeron sin cuchara.

Cada copa de vino era un vaso de Colacao. Las aceitunas llegaron al tiempo que los fideos, que no eran fritos sino caldosos. Y conseguimos, al fin, la cuchara del salmorejo.

El camarero vino a preguntar qué tal todo.

Fran, con una sonrisa, le preguntó:

-¿De verdad quieres saberlo?

El camarero apretó los tacones y dijo que sí.

La crítica fue rotunda, pero constructiva. Pedimos para terminar, con la botella de vino casi sin comenzar, una tarta casera de galletas.

-De galletas, galletas... no es.

-No te preocupes, tráenos la cuenta.

No vino la cuenta, sino el propietario-cocinero a disculparse. Nos preguntó el detalle de las secuencias de la cena y lo suavizamos para no 'condenar' a nadie. Le aclaramos que veníamos animados por una amiga incondicional con el local.

-A esta cena estáis invitados.

-Ni mucho menos -respondí-. Nos habéis pedido opinión y os la hemos dado.

-Lo siento, pero ésta es mi casa y aquí mando yo. Y no vais a pagar nada. Yo he creado este espacio para que la gente disfrute.

Ya tenemos la reserva hecha para el viernes próximo. Iremos dispuestos a gozar de la mejor cena.

2 comentarios:

La Isla de las Mil Palabras dijo...

No es nada habitual, y demuestra un gran señorío. A veces los negocios se ven desbordados por agentes externos, y esto es una buena forma de disculparse.
Saludos

Salvador Navarro dijo...

Así lo veo, Mari. De ahí que lo valore y lo comparta. Gracias por leerme. Un beso