lunes, junio 06, 2016

Kitty

Limeña del 37, Kitty es una bella peruana chiquita de manos angulosas, hablar pausado y nariz pequeña de la que me había hablado con adoración mi amigo Fernando antes de conocerla ayer.

Embaucado por su conversación durante una cena de domingo, pude disfrutar del sabio arte de la escucha cuando a tu lado encuentras alguien que sabe romper el silencio con frases bien construidas de un pasado rico en experiencias.

Ella me habló de cómo decidió venirse a Europa por no seguir sufriendo mal de amores con un divorciado treinta años mayor que ella, animada por su madre, 'una muñeca de porcelana' que no sabía siquiera que para preparar el té había que prender el fuego; me contó de sus veintitantos años en Lisboa, de sus hijos y nietos portugueses y de un viaje inolvidable que hizo a Sevilla en los 80, cuando se alojó en un Alfonso XIII de camas tan altas que sólo podía llegar de un salto; de cómo entre tres mujeres muy jóvenes montaron la tercera agencia de viajes más grande del Perú.

Me pidió, con la belleza de la mirada de sus ojos curiosos, ayuda para conseguir un retrato que perdió, en blanco y negro, de la Macarena vestida de monja, mientras me hablaba de todas las vírgenes que decoran su casa de Miraflores.

Vestida con un traje azul turquesa de flores, peinada como una princesa, esta mujer de 79 años me explicó entusiasmada cómo viven los indígenas en el lago Titicaca, su viaje a Tasco, en México, 'una ciudad como un pesebre' y su boda en Tánger, ante la imposibilidad de que su portugués se divorciara.

Andaba preocupada por las elecciones de ayer en Perú, harta de ser gobernada por un 'cachaco' y mostraba una emoción indisimulada ante cada plato que le traían para probar.

Yo la escuchaba con avidez, sumergido en el incomparable placer de dejarte transportar por las palabras de quien lo ha vivido todo y aún tiene ganas de seducir.

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