jueves, junio 25, 2015

Golondrinas

El lunes, cuando salía el sol al amanecer, tomé un filete empanado frío de la nevera y un zumo de manzana del Mercadona y me planté frente a la ventana abierta de mi salón. Aún sin vestir, con el aire fresco mañanero, me asomé al cielo sorprendido por el enorme trinar de golondrinas volando desordenadas en la estampa azulada de tejas y espadañas que se abría ante mis ojos. Minutos pausados observando sin mirar la maravilla de un amanecer para mí solo, con la ciudad dormida.

Tengo la suerte de ver un patio con limoneros desde mi ventana, y espadañas desconchadas de azulejos añiles, y golondrinas revolotear en los amaneceres veraniegos atemporales que me brindan el regalo de saber que conozco la Sevilla de Bécquer, la de Cernuda, la de Machado, la de Aleixandre, la que bucea en su belleza y se regodea en sus particularidades sin ofender al mundo, la Sevilla de mi infancia, dulce y luminosa, la de las noches de cervezas junto al río, la universitaria, la tertuliana, la de cines de verano y azoteas, la que vive la calle como los pasillos de la casa, la de discusiones largas en cafetería, la española y andaluza, culta y alegre, soberbia y femenina, la que lee, la que ríe, la que sueña.

Mi Sevilla es la que yo quiero escoger, no la zafia de chiste fácil ni gomina en las patillas. A ésa no la veo, no la entiendo, la esquivo como las golondrinas se escaquean con maestría de los cordeles de los tendederos de esta ciudad que amo.