domingo, julio 05, 2015

Tánger

El hombre, cercano a los sesenta, almorzaba en medio del gigantesco comedor de la fábrica escondido en su plato.

Era ésta mi cuarta vez en Tánger, pero la primera en la que pasaba unos días en la ciudad por cuestiones laborales. También la primera en Ramadán.

Fuera del zoco, la medina, la alcazaba y su enorme playa de arena fina, es una ciudad desordenada y fea de la que, a pesar de todo, puedo entender sus leyendas bohemias de patria de artistas. Pasearla es enfrentarte a ojos que miran a los tuyos en cada esquina, coches que pitan y niños con camisetas del Barcelona, son cafés llenos de todo lo que no sea una mujer, olores a canela y peluquerías de caballeros.

En Ramadán, además, son bares cerrados de día y multitudes que se echan a la calle minutos después de caer la noche, cuando ya han saciado el hambre mala de un día de sol machacón sin nada que llevarse a la boca.

Un compañero argentino que lleva tiempo viviendo tiempo allí me explicaba que todos respetan, occidentalizados en la indumentaria o no, las leyes del islam.

Nos llevaron a los occidentales al gran restaurante vacío de la fábrica para ofrecernos de comer al mediodía siguiente. Fui de los primeros en entrar y crucé la mirada con ese hombre mayor con uniforme de trabajo, agazapado comiendo, rompiendo valiente con lo correcto, protegido por una empresa europea que vela por su derecho a no ser como se debe ser, y mi corazón estuvo con él.

No hay comentarios: