martes, marzo 24, 2015

Hámster

Asistir a convenciones como la que me ha llevado esta semana a Bucarest es un soplo de aire fresco en mi día a día laboral; te encuentras con compañeros en entornos lejanos al habitual, escapas de rutinas que facilitan el encorsamiento de automatizar las tareas, escuchas cómo otros hacen para rentabilizar sus esfuerzos y, sobre todo, escuchas historias personales que te ayudan a comprender las claves personales en que cada uno se mueve.

En esta ocasión tuve la suerte de poder compartir conversaciones con directivos cuyas responsabilidades exceden con creces las mías. Uno de ellos, con la calma de quien se siente cómodo y la tranquilidad de saber que trabajamos en entornos diferentes, quiso narrarme su proceso personal hasta llegar al alto puesto que ocupa, con miles de personas a su cargo; la importancia de los síes y de los noes, los errores al no aclarar condiciones antes de aceptar determinadas promociones, la satisfacción de los proyectos bien acabados y, lo que me dejó realmente marcado, el apabullamiento de la presión.
Llegó un momento, me decía, en que empecé a sentirme como un hámster en una rueda, corriendo en un circuito sin fin creyendo llegar al queso. Llevo diez años en esa rueda, que cada vez más rápida y de la que no sé cómo escapar.

¿Eres feliz? -Le pregunté, con la esperanza de obtener, al menos, una reflexión sobre la satisfacción de haber llegado tan lejos, un atisbo de autocomplacencia.

Su expresión irónica como toda respuesta, seguro que algo teatral, fue la propia de un hámster atrapado en su carrusel.

1 comentario:

rodrigle dijo...

¿Por qué pensar que el éxito profesional conlleva necesariamente la felicidad? En muchas ocasiones es una válvula de escape para situaciones en las que uno no lo es.
Hay que tener cuidado porque en algunas ocasiones nuestra entrega "a la causa" supone una renuncia a tu propia libertad de elección.
Escoger renunciar. Recuerdaló.