lunes, marzo 16, 2015

Esplanade

Estábamos paseando por los Campos de Marte en un soleado domingo parisino, con la lentitud propia de quien enseña la ciudad a alguien que la ve por vez primera, en esos ratos envidiables en que el tiempo no es una variable y los paseos dispersos, las fotos constantes y el caminar pausado hacen de las suyas con tu permiso.

Tenía interés en llegar a los Inválidos, el enorme edificio que asomaba con su cúpula dorada por entre los edificios pegados a l'École Militaire.

Ocurre que, en los sitios que conoces y has transitado decenas de veces, se acumulan las llamadas al pasado que se hacen presentes para llenarte de la vida que has transitado, y esas personas que te acompañaron entonces aparecen como espíritus bondadosos que cuidan de ti.

Estaban todos los dioses conjurados para ofrecernos una curva deliciosa, llena de luz, enfrentada al gran hospital donde alojaban a los inválidos de tantas grandes guerras; una esquina de mesas blancas y gente snob que nos llamaba a gritos: El café de l'esplanade.

Allí nos sentamos los tres. Ellos se pidieron una copa de champán, yo una cerveza. Nos trajeron almendras y aceitunas, mientras justo frente a mí yo observaba los viejos cañones verdosos que defendían el edificio, como si fuese ayer cuando mi padre, con su chaquetón medio napoleónico posaba para mí mirando al infinito, admirando las buhardillas negras de pizarra de la gran explanada verde.

Interrumpí al menos un par de veces para manifestar mi felicidad, con el punto justo de cerveza necesario para proclamar al viento de la gente que me quiere que sé reconocer lo bien que me trata la vida, para obviar con desprecio las razones que tendría para no decir en voz alta que mi vida es maravillosa.

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