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salvador-navarro.com

domingo, marzo 30, 2014

Muros

Somos animales de costumbres y en esos pequeños detalles rutinarios sabemos vernos felices. Nos dan calorcito, nos conectan con la tierra y ayudan a mantener nuestro equilibrio mental. Es importante, sin embargo, no dejarse seducir por el elixir de la rutina y encontrar palancas que nos hagan evolucionar hacia nuevos hábitos que refresquen el día a día.

A veces esas palancas las proporcionan otros.

Me encanta desayunar en el Vips de República Argentina. Tener un sitio asegurado, la prensa, mesas amplias y un batido de chocolate blanco insuperable son argumentos contra los que no puedo luchar. Hace un mes me dijeron que el local lo cerraban por reforma durante unas semanas.

Me adapté a otros desayunos de fin de semana, hasta que este sábado, cuando calculé que la remodelación habría terminado, volví a ir. Seguramente sea la crisis la que les ha obligado a reducir la superficie a la mitad, pero es cierto que el lugar está más luminoso. De hecho, cuando llegué al fondo del local, el comedor, me gustó la nueva disposición de las mesas, conformada por reservados de grandes muros acolchados separando espacios.

Esa mañana me tuve que mover dos veces. En las mesas de justo al lado hablaban a voz en grito. Traté de concentrarme en la lectura. Hoy he vuelto a acudir. De nuevo la misma situación, esta vez agravada. Un grupo de ejecutivos se habían llevado allí sus portátiles, un domingo por la mañana, para demostrar al resto de los comensales cuántos impuestos pagan, las compras realizadas en los últimos meses y cómo de efectivos son. En la reunión había, incluso, un invitado vía telefónica a volumen máximo.

Al personal le pones un muro, le tapas la cara y pierde el poco de educación que a veces consideras asentado en estos tiempos.

Pena de futuros batidos perdidos para siempre.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola Salva,

Suscribo lo que dices. Es imposible en este país desayunar o comer en la calle sin tener que soportar las conversaciones de tus vecinos de mesa....Menos mal que nos queda Portugal,donde aún se puede disfrutar de una comida, sin tener que aguantar voces o niños dando por saquito. Un abrazo, Antígonas.

moderato_Dos_josef dijo...

Una pena que hayas perdido ese lugar que tanto te gustaba. Yo suelo hacerlo en un local cutre dirigido por unos filipinos, el café es excelente, y de momento me va muy bien. La verdad, no me gustaría perderlo por un motivo similar...

Un abrazo.

María dijo...

Eso es verdad. En este país se habla a voces, se pone la televisión a todo volumen y la música del coche la oye toda la calle y, con un poco suerte, el distrito entero. Yo, que viajo bastante en tren, me tengo que poner tapones en los oídos para que las interesantes e imprescindibles conversaciones de los demás viajeros, o el sonido de los juegos del móvil me dejen leer. Las cafeterías merecen un reconocimiento aparte al mérito del decibelio. Apasionante........

Anónimo dijo...

Desgraciadamente es así. España es uno de los países más ruidosos del mundo y, en particular, el sur es, además, sucio. Este es el panorama que tenemos. La gente habla en público a viva voz, muchos arrojan basura en las calles no en las papeleras. Yo esto lo veo como una falta de educación.

Recuerdo un viaje al norte de Noruega y en uno de los ferrys un grupo de españoles hablando a gritos en el interior del barco mientras que el resto del mismo guardaba silencio. A mí me daba vergüenza ver cómo el resto de pasajeros clavaban su mirada en el grupo no con buenos ojos porque la molestia era general incluso algunos mandando a callar. Ya no me extraña que en el extranjero nos traten como a gitanos; lo hemos ganado a pulso.
Lo curioso es que el grupo era mayoritario de catalanes y madrileños...

Un saludo, Manuel