sábado, septiembre 01, 2012

Anónimos

Hay algo en las ciudades como la mía que consiguen enlazarte emocionalmente a ellas que, sin embargo, no poseen los pequeños pueblos o las grandes metrópolis: son los anónimos conocidos. Personas con las que llevas cruzándote toda tu vida, centenares de ellas, que no conoces en absoluto, que verás diez o veinte veces a lo largo de tu existencia, con las que compartirás un paso de cebra, una mesa cercana de restaurante o una espera en la caja registradora de un supermercado. Anónimos a los que verás más viejos, más gordos, más atractivos, con niños, agarrados a sus parejas, llevando al abuelo de paseo y de los que no eres consciente de haber visto tiempo atrás cuando eras un crío, cuando tu primera botellona, en la época universitaria o hace dos años en el cine.

Hombres y mujeres de tu ciudad que te atan a ella sin que tú sepas que lo hacen.

De vez en cuando paseas y un fogonazo te hace llegar al estómago sensaciones de algo conocido, sin saber que ese instante es producto del encuentro desapercibido con un viandante más.

En Nueva York, Tokyo o Madrid es más difícil atarte tan visceralmente a la ciudad a partir de estos anclajes, porque los miles de personas con los que te cruzas son realmente estampitas o cromos nunca vistos que no te producen emociones subconscientes porque no ha habido ningún pasado compartido. En Conil, Almagro o Palamós los encuentros no implican ningún anonimato, sino historias bien conocidas de familias cuyo historial es vox pópuli.

En Sevilla, sin embargo, somos muchos como para poder pasearnos sin necesidad de saludar a nadie pero lo suficientemente manejables como para no sentirnos un número más en las estadísticas.

Al menos así lo siento.

1 comentario:

Argax dijo...

Así es. Algo como una multitud asequible (otros más quemados dirán soportable, yo mismo)

Un abrazo