domingo, agosto 26, 2012

Drama

No soy una persona tímida ni extrovertida. Las relaciones sociales las cultivo con soltura, de hecho las potencio y cuido en lo posible, manteniendo una sutil barrera que me permite preservar mi espacio personal.

He venido construyendo desde hace tiempo una teoría sobre mí, del mismo modo que me gusta elaborarla sobre los otros, para explicar mi lugar en el mundo.

A saber: soy lo que soy por la gran carga dramática con la que he afrontado la vida.

Drama en cuanto a capacidad para atacar con ojos pasionales cada decisión como si fuera la última, creyendo ser consciente de lo que suponía un no en cada caso, interpretando mi vida futura en función de lo no hecho, no disfrutado, no proyectado.

Todo ello no implicaría, en mi caso, una connotación peyorativa sino más bien lo contrario; plantearme que las oportunidades no se repiten, que la gente no pasa por tu lado a pedirte amistad, que los proyectos laborales no esperan a que a ti te entren ganas de aceptarlos, que el amor es especialmente duro cuando no lo mimas.

Un síntoma para mí de vejez sería el dejar de ver la vida así. La energía irá disminuyendo, de hecho ya lo hace, pero no la óptica para afrontar el caminar.

No hay nada más absurdo que estar poniendo esparadrapos antes de tener heridas, y me he encontrado desde siempre con tanta gente así, tan incapaz de apreciar la unicidad de su propia existencia, que me sublevo de pensar, a veces, cuánto las quiero y qué torpes son.

La vida no tiene borrador. 

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