sábado, marzo 17, 2012

Mi diáspora

Los medios con los que el ser humano se ha dotado para comunicarse permiten jubilar el pleno sentido de la expresión 'la distancia es el olvido', aunque no hacerlo de pleno.

El contacto físico es recomendable, que no esencial, para mantener los afectos.

Hay personas a las que me une tal cantidad de sentimientos, que pueden pasar años sin que nos veamos, meses sin telefonearnos, para volver a encontrarnos con la misma alegría, poniéndonos al día en minutos y renovando nuestra alianza vital.

A Mariángeles, a quien tengo en Huelva, a menos de una hora de Sevilla, la echo de menos muchísimo. Es la cerveza de entre semana, el paseo de mediodía, las cenas en casa con ella lo que echo en falta. Los años pasan y las oportunidades van reduciéndose en este mundo de vértigo en el que vivimos.

Es una alegría, sin embargo, saber que está ahí, siempre fiel, dispuesta a escuchar, a contar, apoyar cualquier causa o llorarme sus miedos.

A Pepe lo tengo en Munich. Científico concienzudo, encontró en Alemania un país más adecuado a su carácter que no esta España jaleosa e inestable. Nuestros correos son espaciados pero sentidos, sus visitas a Sevilla cada vez menos frecuentes, pero siempre se encuentra el momento para un paseo largo en que compartir nuestras ilusiones.

Montse es Madrid, todo Madrid. Fuerte, risueña, pasional, despistada. Tenerla como amiga es un regalo. Tenemos mil ocasiones de acordarnos uno de otro y nos lo hacemos saber. Ejerciendo de madre resuelve todo, me apena no poder haber vivido su día a día más de cerca, haber podido compartir sus dudas laborales, sus ganas de escapar de la gran ciudad.

En París dejé a Guillaume y Paolo, en Toulouse a Vincent y Elodie, en Barcelona a Rafa.

La distancia no es el olvido, no puede serlo.

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