sábado, noviembre 05, 2011

Desidia

Hay palabras hermosas para describir la fealdad del ser humano, y quizás este término castellano, desidia, sea el que se lleve la palma.

Desidia no hace referencia a los días en los que las ganas de no hacer nada nos atacan y nos dejamos enredar por una maraña de excusas para no movernos del sofá.

Hace tiempo que comprendí que esas excusas no hacen sino dificultad ese disfrute que supone dejar al cuerpo a su libre albedrío y descansar la mente en una gimnasia perfecta en que las explicaciones no son necesarias.

La desidia, en cambio, comienza cuando esas justificaciones comienzan a ser admitidas en nuestro fuero interno y la falta de motivación para avanzar se hace genética.

Anoche cenábamos con nuestra querida amiga cubana Amín y ella lo hacía ver de su patria. Cómo se ha instalado allí la desidia. Cómo un sistema nacido con buenas intenciones se ha vuelto putrefacto hasta el punto de contagiar a todo un pueblo a encontrar excusas para no avanzar.

Me da miedo este período de inmensa crisis que atravesamos, que se presume largo en el tiempo, por lo que puede traernos de esa maldita bacteria de la desidia.

Contra la desidia, indignación, imaginación, búsqueda de caminos recónditos para llegar a nuestros sueños, pero nunca una bajada de brazos.

Leía el otro día un artículo sobre la sociedad portuguesa en que las entrevistas al pueblo llano comenzaban a dar pistas de un cierto fatalismo, consustancial ya de por sí a ese pueblo, por duro que sea generalizar. Se admitía que no había nada que hacer sino apretar los dientes.

No quiero pensar en una sociedad avejentada por la desidia. Tenemos que rebelarnos de la mejor manera: buscando alternativas al mundo que se nos ofrece, creyendo en nuestras capacidades, convenciéndonos entre todos que el camino no son las excusas.

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