lunes, marzo 28, 2011

Algarroba

Cuando dejé la casa familiar para irme al piso céntrico de la Alameda que terminaré de pagar en veinticinco años, le regalé a mi padre mi viejo ordenador, ya por entonces casi una reliquia.

A mi padre el ordenador le sirve, le servirá cuando aprenda a utilizarlo, como simple máquina de escribir. Especialista en Historia de España, su único interés es poder escribir la vida y obra de todos nuestros reyes, escritores, políticos... No se puede ser más feliz que mi padre haciendo árboles genealógicos de nuestra monarquía.

Contento con el regalo de su hijo, impaciente por aprender, se plantó en el Corte Inglés. Buscó dónde estaban los ordenadores y a algún encargado enchaquetado para preguntarle:

Yo quiero un libro para aprender a utilizar un ordenador.

Al parecer, el dependiente le preguntó:

¿Qué sistema operativo utiliza?, ¿MS-2?, ¿Windows?

Mi padre, altanero y guasón, le respondió:

Como usted siga hablándome así, cojo la puerta y me voy.

De eso hace más de diez años, y sigue escribiendo a mano las biografías reales.

Fue por esa época cuando un compañero de trabajo al que tengo especial cariño, en esos tiempos en que empezaban a instalarnos ordenadores personales corporativos a cada uno, recibió una llamada de un proveedor de San Sebastián. Mi despacho era contiguo al suyo, separándonos un panel de cristal que no llegaba al techo. De pronto, me pega un grito:

¡Salva!

Me asomé por el cristal para preguntarle en qué podía ayudarle. Él, con diez o doce años más que yo, tapó el auricular para preguntarme:

Este hombre me quiere enviar el plano de una pieza por internet.

Y me lo decía como si al proveedor vasco se le hubiese ido la cabeza.

Claro, le respondí, dale tu correo electrónico de Renault.

Me miró con cara de pánico, así que se lo apunté. No había más que poner su nombre, un punto, su apellido y @renault.com.

Se lo dejé encima de la mesa y me quedé esperando el final de la conversación.

Sí, sí, tenemos correo electrónico.

Entonces empezó a deletreárselo. Lo malo fue cuando llegó a mitad de camino:

Eso es... mi apellido y luego... algarroba... renault punto com.

¡¿Algarroba?!

Grité yo.

¡¿Algarroba?!

Gritó él.

No se me olvidará su cara al teléfono.

3 comentarios:

Gincrispi dijo...

Tu compañero y mi abuela hablan el mismo idioma.
Saludos.

Alforte dijo...

Jajaja!!! vaya con las algarrobas!!!
Yo también soy un algarrobo tecnozoquete.
Hilarante anécdota.

Anónimo dijo...

Es que hoy en día , para llevar , casi todas las cosas a buen "puerto" es necesario , al menos, tener unos mínimos conocimientos de estos chismes.

Saludos
Montgeron