domingo, febrero 20, 2011

Al vuelo

Teníamos hambre, era domingo noche y llevábamos todo el día en la calle.

Nos gusta investigar sitios diferentes y dar oportunidad a todo emprendedor que se lanza a montar un sitio nuevo, sobre todo si éste es original, se escapa de lo de siempre y arriesga.

Le había echado el ojo a esa casa de la Alameda desde hacía mucho tiempo, en la época en que ésta era una zona degradada de Sevilla que se iba reconvirtiendo y a la que yo me decidí venir a vivir.

La restauración del local ha necesitado sin duda de dinero y buen gusto. Varias plantas, tratando de darle a cada una un ambiente. Nos fuimos a la parte alta, la terraza. Hacía buena noche. Varias mesas, más de la mitad ocupada por turistas extranjeros.

¡Perfecto!

El camarero era belga -mi curiosidad hace preguntarlo todo.

Tardó en traernos la cerveza y la carta. Pero era domingo. No había prisa. Nunca debiéramos tenerla.

La carta estaba trabajada. Cada plato, casi dos líneas por cada uno, parecía haber estado redactado por un maître francés.

Tenía ganas de carne.

Cuando llevábamos más de media hora, con la cerveza recién puesta, por fin el belga se acercó.

Me tomaré la presa.

No queda.

Entonces el pato.

Hemos tenido día complicado. Pato acabado.

¿Qué os queda de carne?

Solomillo de buey.

Me encanta el solomillo.

Por medias se acabó la cerveza. Hubo que hacer una bajada para buscar otra. El belga no aparecía. Llegó un grupo justo a nuestro lado. La paciencia pudo con ellos. No llegaron al aperitivo.

¡Pero hacía tan buena noche!

Nos dio tiempo a pensar que comer carne tan tarde podría hacer pesado el sueño. El jaleíllo de la Alameda se iba apagando cuando llegó la ensalada.

A mi pareja le sirvieron su pescado y le pedí, por favor, que comenzara.

Estaba muy bien presentado, en un plato circular inmenso de cristal. La guarnición, escasa, parecía diseñada con pincel. Muy colorida.

Quedábamos solos en la terraza, junto a una pareja de jubilados ingleses, cuando, con el pescado ya más que digerido, llegó mi solomillo. Las tripas crujían.

Venía todo redondo, acompañado de patatas y una salsa morada, impecablemente expuesto en una tabla rectangular, inmensa, de pizarra.

El belga tenía la sonrisa de aquéllos que no se enteran de nada, o que prefieren no pensar que llevábamos dos horas esperando.

Fue a colocarme la tabla de pizarra en la mesa cuando, ¡uuupsss!, el solomillo salió rodando del plato.

Alargué la mano con reflejos que no creía tener para cazarlo al vuelo.

El guiri de la mesa de enfrente se rió de mi destreza.

El belga contuvo el aliento.

Yo me comí, feliz, mi solomillo.

4 comentarios:

Alforte dijo...

A pesar del retraso supongo que la carne estaría fresca, ya que cazaste la presa...

Yo no hubiera aguantado.

PacienciaDeJob Kisses

Anónimo dijo...

A veces es mejor no experimentar con gaseosa...
A mi los sitios donde ponen platos cuadrados o asimétricos me dan miedo....
Illo, mejor el bar Las Palmas o la Rehoya pa un domingo por la noche.

Un abazo. Antípodas

Argax dijo...

Me quedo con la predisposición y la paciencia, es bueno tener esos días en los que da igual el mundo y sus imperfecciones en forma de solomillo volador tardío.

el señorito andaluz dijo...

Ante todo lo mejor es tener paciencia, hay días en los que la comida aparece como por arte de magia y otros en los que mejor contentarse con la buena compañía y disfrutar de la noche.