lunes, octubre 24, 2016

Hogar

Hablaba con amigos de la gente que está enganchada al trabajo. Personas que echan 12 o 14 horas cada día de lunes a viernes y se pasan el fin de semana mirando en el móvil los correos de empresa. Hago cálculos y me sale, quitando las horas de sueño básicas, muy poca vida personal, aquélla que se comparte con la familia, esos ratos indispensables para estar con uno mismo, desarrollar tus habilidades, cuidar de los amigos, ejercitar tu cuerpo, ver una buena película, perderte en un libro, pasear sin rumbo la ciudad.

Más grave es aún cuando, en la mayoría de los casos, presumen de esa carga agotadora de trabajo. Enviar el último email antes de salir para dejar constancia de las horas a las que se sale, tener la luz encendida del despacho para que no haya duda de quién es el último en cerrar.

Son personas, en muchos casos, desorganizadas y que no confían en sus equipos. Distribuyen su tiempo laboral partiendo de la base de sus doce horas de trabajo, con lo que los ritmos se congelan y permiten reuniones interminables, poco atentos a la vida personal de los demás, charlas largas de café y conversaciones insensatas a horas prohibidas.

Pueden ser desorganizados, sí, o incompetentes para realizar sus tareas, o sencillamente egocéntricos, pensando que la calidad de una persona se mide en la duración de las jornadas de trabajo, refugiando su mediocridad tras discursos de quienes se sienten imprescindibles.

El otro día, sin embargo, un compañero de trabajo me dio la clave: 'no soportan estar en casa'. Me impresionó la sentencia por ser tan evidente y no haber pensado en ella. Gente que huye de su propio hogar.

Mi objetivo cada día es rendir al máximo para conseguir los mejores resultados en el tiempo preciso para no descuidar todo lo que de mí debe hacer una persona completa, de forma que al día siguiente llegue fresco para volver a dar lo mejor de mí a la empresa de la que tan orgulloso me siento.

Nadie, en su lecho de muerte, se lamenta de no haber trabajado más.

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