lunes, mayo 09, 2016

Banal

Me atrae escuchar conversaciones de las que no soy partícipe, como espía ajeno de otros mundos que no son míos. Si hay algo que envidie de no usar transporte público es la posibilidad de filtrar charlas cotidianas de gente anónima. Mi vida sevillana, con coche de ida y vuelta al trabajo, es de tertulias radiofónicas y música de spotify, donde no se cuelan voces de gente con mi acento ni nadie que no sea elegido por mí.

Envidio, racionalmente, esos parloteos en que se habla durante largos ratos de nada. Añoro, con humildad, lo banal. La capacidad para mantener la atención en un diálogo sobre alineaciones de fútbol, compras de supermercado o de previsiones meteorológicas.

Nací intenso, dramático, novelero, incómodo con frivolidades, arisco con lo soez, beligerante a mi pesar con la risa tonta, la más feliz y sana de las risas.

Hablar sin decirse nada esencial es una medicina perfecta para disfrutar del otro que yo no sé recetarme. Charlar sobre un muro blanco en días primaverales comiendo pipas junto a un amigo balanceando los pies, sin prisas ni nada que solucionar.

Debería echar de menos conversaciones así, pero mi yo más mío no las echa en falta. Es mi mente racional quien las pide. Es mi espíritu reflexivo el que me dice que debería aprender a banalizar. Pero mi cuerpo, el de carne y hueso, el que observa la vida pasar, el que adora sus espacios y es selectivo, el de los silencios buscados y las cenas largas, en cambio, me pide marcha.


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