viernes, noviembre 20, 2015

Umbral

En una mañana bastante movida en la fábrica, hubo un momento en el que me vibró el móvil por un motivo que nada tenía que ver con el trabajo: una aplicación de noticias ofrecía un titular que informaba de un secuestro yihadista de 170 personas.

Abrumado por la noticia hice un aparte en la reunión de grupo que mantenía en una de las líneas de producción para abrir el icono que hacía referencia al secuestro. Cuando la página se desplegó y leí que el ataque terrorista se había producido en Mali mi cuerpo, instintivamente y muy a pesar de mis principios, se relajó.

Es duro asumirlo, pero cuando me llega esta terrible noticia de un país que no sé siquiera si lleva tilde en la 'i' a mí no me bate el corazón de indignación, o de dolor, igual de fuerte, por mucho que me entristezca.

Reconozco que eliminé de entre mis 'amigos' de Facebook, en los días posteriores a la masacre de París, a una chica que despotricaba contra aquéllos que habían superpuesto su foto de perfil con una bandera de Francia. ¿Quién es nadie para decirnos cómo tenemos que empatizar con el sufrimiento de los demás?

Nadie, en su sano juicio, puede alegrarse de los 27 muertos que anuncian a esta hora en el hotel de Bamako; del mismo modo que se entiende que no me puede doler igual la muerte de un compañero de mi fábrica que el de otro que trabaje en mi misma empresa en Corea del Sur.

Tenemos necesidad de colocarnos umbrales altos de dolor para no sucumbir a las miserias de noticias desgarradoras como éstas para no deambular por nuestro día a día con el corazón en un puño y la esperanza por los suelos.

Yo bailé en el Bataclán, y cené por las terrazas de République, y he visto cien películas francesas, y ha paseado enamorado por la orilla del Sena. Nadie me puede decir cuánto he de sentir una masacre u otra. El desprecio es el mismo, pero el umbral del dolor es regulado por nuestros instintos, aquéllos que se nutren de emociones vividas y recuerdos.

3 comentarios:

Manuel Gonzalez Cortegano dijo...

El derecho a acotar la intensidad y dirección del dolor parece no reconocerlo todo el mundo. Es un arma de protección psicológica, porque si fuésemos globalmente solidarios deberíamos serlo con todos los hombres, y éso es mucho estirar el sentimiento.

Por lo mismo ¿deberíamos lamentar la muerte de los animales?¿De todos los animales? ¿Llorar igual la pérdida nuestro perro que a unas bacterias del océano Índico?

Salvador, estoy de acuerdo contigo en que el círculo de nuestros pesares debe ser libre, y no tiene por qué abarcar el infinito universo. No somos tan fuertes ni tan intensos en nuestro rodar por la vida.

Un abrazo.

María dijo...

Comparto tu opinión, Salvador. Huelga decir que cualquier persona mínimamente sensible siente la muerte de otro ser humano, pero el caso de los atentados en Paris ha causado una gran conmoción por razones obvias. Además, por suerte no es habitual, lo que ha contribuido a concitar grandes muestras de solidaridad, podía haberle ocurrido a cualquiera de nosotros. Seguro que en Siria, Irak o Turquía se sienten más cercanos a una víctima de allí que a otra de Portugal, por ejemplo . La demagogia y las poses han rebosado las redes sociales, como ya viene siendo habitual. La verdad, tanto buenismo empalaga un poco.
Besos. Espero que pasaras un buen día en Málaga!

Salvador Navarro dijo...

Siempre que voy a Málaga disfruto, María. Y la ciudad está cada día más bonita. A ver si en la próxima encontramos el hueco para una cerveza. Un beso