lunes, agosto 17, 2015

Ritmos

El resto del año idealizo estos días de verano para plantearme aprovecharlos al máximo en esas actividades que me hacen tan feliz y que nada tienen que ver con el quehacer de las semanas iguales que no se suelen distinguir unas de otras en la distancia.

Tiempo para estructurar mi próxima novela, para llenar de contenido mi nueva web, para leer clásicos en francés, organizar mi galería de fotos…

Los ritmos se hacen sumamente lentos sin quererlo ni luchar por acelerarlos. La luz sale mucho antes de despertares perezosos, la lectura del periódico se recrea en los pequeños detalles hasta agotar los colacaos, zumos e infusiones; los paseos románticos se hacen sin reloj y uno cae inevitablemente cuajado al terminar de comer entre risas, con una copita de vino, disfrutando de la luminosidad insolente de agosto; las siestas se alargan hasta que te despierta la brisa del atardecer y remoloneas en la cama entre la montaña de libros de la mesilla pensando qué hermosa es la literatura, aun sin leerla, mientras organizas la escapada de la noche para charlar con los amigos de todo lo que nos depara el futuro, de cómo nos ha tratado la vida y de cuántas cosas haremos cuando el sedicioso verano nos libere de sus garras.

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