miércoles, agosto 05, 2015

Lejos

Hay personas que me conocen muy bien y me hablan cariñosamente con dureza acerca de mi facilidad para tropezar sucesivamente con mis mismas piedras.

Mariángeles me conoce desde hace tanto que no existen mundos vividos en los que el otro no haya sido confidente. Nos alegramos de nuestras pequeñas victorias y compartimos la tristeza cuando ésta se nos aparece.

Por eso, porque me conoce y me quiere, analizaba conmigo mi nueva decepción, en esta ocasión monstruosa, en el terreno de las amistades inocentemente definidas por mí como importantes a pesar del poco tiempo transcurrido desde que fueron integradas en mi vida.

Soy afortunado de saberme feliz y completo en el terreno amoroso, cuestión mayor en mi estabilidad emocional; sentirse amado y amar a la misma persona desde hace tanto tiempo me da fuerza para ver con ojos desprovistos de ataduras la calidad de mis amistades.

Hay muchas personas a las que quiero, que fueron importantes en mi vida y a las que ya no puedo calificar como amigos. Lo fueron, pero el tiempo de la conexión pasó a ser otra cosa, menos hermosa; ley de vida.

El dolor viene cuando alguien a quien habías abierto tus puertas, que se había integrado en tu vida y de quien tú habías llegado a presumir, se quita de golpe la careta y te muestra toda su fealdad interior.

Mariángeles me consolaba de esa nueva decepción con palabras duras, y justas, mientras yo le confirmaba que no pienso perder mi espíritu abierto y combativo, hasta cierto punto infantil, por integrar gente nueva, sana y luminosa para compartir lo que me queda de vida, mi pasado, mis errores, mi familia y mis sueños, siempre moldeables a la luz de horizontes muchas veces inciertos.

Que una persona mala con mayúsculas se entrometa a hurtadillas en tu vida no es más que una pesadilla a olvidar; lo malo es la sensación de suciedad que deja su rastro.

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