jueves, agosto 13, 2015

Melilla

Cruzábamos desde nuestra casa hasta el centro de Conil hace muchos años, con Mariángeles y su por entonces pareja, Agustín, que se quedaban a pasar unos días con nosotros. Acortamos por la estrecha y destartalada calle Ceuta en esa noche veraniega, buscando la plaza del Arco. Justo al terminar la calle perpendicular que enlazaba con la de Ceuta nos encontramos con un azulejo roto por la mitad que indicaba su nombre, del que sólo podíamos leer '…illa'. Agustín, siempre en su mundo, se preguntó en voz alta cuál sería el nombre completo. Mariángeles se plantó en seco con los brazos en jarra -quien la conoce puede imaginarlo bien- para gritarle:

-¡Melilla, Agus! ¡Melilla! No ves que acabamos de dejar atrás la calle Ceuta.

Días después, volviendo de la playa por un camino distinto al habitual, nos apercibimos del azulejo colocado al otro extremos de la calle ¡Zorrilla! No hicieron falta más que carcajadas.

Algo que me repito cada vez que me aventuro por la calle Ceuta es que no hay que dar nada por supuesto.

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