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lunes, abril 13, 2015

Gavilana

Es bueno de vez en cuando dejarse contagiar por un poco de optimismo acerca del alma humana, e incluso manejar argumentos para corroborar que no siempre damos pasos hacia atrás. Tal vez este período eterno de crisis nos ha llevado a darnos de bruces contra demasiados pájaros negros que nos han hecho pensar que el mundo en el que nos movemos es perverso y la sociedad se mueve en un paradigma de futuro imposible; pero si echamos la mirada atrás, sólo un poco, podemos celebrar cuánto ha evolucionado el hombre en cuanto a derechos sociales y respeto al prójimo.

No hay que irse muchos siglos atrás para confirmar que las mujeres no votaban, que a los negros no les dejaban sentarse en los autobuses, que la sanidad era de los pudientes o que los homosexuales eran encarcelados por el hecho de manifestar su amor en nuestro territorio occidental. Quedan muchos lugares de la tierra donde esto aún no es así, pero poca gente duda de que la evolución será, a pesar de tropezones importantes, aquélla en que cada vez sean más reconocidos los derechos individuales de las personas.

Vivimos tiempos en que la economía parece poder con todo, en que las entidades financieras y las multinacionales aparecen como el Gran Hermano que controla el reloj del mundo y nos sentimos hormigas acogotadas por el peso de la rutina, pero está en nosotros, los ciudadanos, el ir haciendo girar hacia otro horizonte más justo nuestro devenir en la tierra.

Me viene a la mente una reflexión simpática de la abuela de una amiga, viuda muy joven y ya cercana al siglo de vida, cuando hacía un repaso a su más de media existencia vestida de luto por un joven marido del que casi ni se acuerda. Valorando los tiempos actuales de libertad, lanzaba con sorna un lamento al preguntarse por qué nunca más volvió a tener sexo con un hombre, en una época en que parecía que la vida amorosa de la mujer se enterraba junto al marido. Ella se preguntaba si, a lo mejor, no sería que los hombres no le gustasen, cuestionándose su propia sexualidad, tratando de buscar la palabra adecuada:

-Y si yo, en el fondo -decía la señora con la inocencia de sus noventa y tantos años-, y si yo fuera gavilana…


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