miércoles, febrero 18, 2015

Calabacines

En los últimos meses de la enfermedad mortal de mi madre, un verano tristísimo, a los dos hijos varones nos distribuyeron entre familias amigas en casas de veraneo en La Antilla mientras ella luchaba a la desesperada contra los peores vaticinios en hospitales de Madrid.

A mí, perdido en mi dolor adolescente, me enviaron a casa de Amparo, Luis y sus tres hijos. El trato fue impecable, cariñoso, al tiempo que despistado, por no saber cómo enfrentar una situación tan delicada en un chaval noqueado.

Yo me metí en mí mismo en esos días fatídicos, encerrado en una habitación que colindaba con la de la interna, una joven alta de pelo negro muy rizado que trataba de animarme a salir a la playa y jugar con los amigos.

Unos días antes de escaparme y tomar un autobús hasta Madrid, esta chica se me acercó mientras se preparaba la mesa para el almuerzo. Me dijo que estaban haciendo una crema de calabacines con nata y me preguntó si me gustaba.

-A mí puedes decírmelo sin problemas, y te preparo otra cosa sin que nadie se dé cuenta…

Le confesé que no, sin haberlo siquiera probado y ella me guiñó un ojo.

A la hora de la comida, Amparo se vino a la mesa de los niños y me plantó el plato de crema por delante.

-¿Cómo que no te gusta esto? Estás muy delgado, Borete, y esto tiene muchas vitaminas.

Me tragué la crema con el dolor horrible de haber conocido por primera vez el significado de la palabra traición.

No hay comentarios: