jueves, enero 22, 2015

Lluvia

Paseaba este martes al mediodía por un San Sebastián helado bajo una lluvia pertinaz, callejeando por la parte vieja, cruzando cuadrillas de cocineros y militares franceses atronando con sus tambores, cuando nos paramos en el portal de la Basílica de Santa María para resguardarnos unos minutos de un día de perros; minutos que aproveché para curiosear por los mensajes recibidos en un Facebook especialmente activo.

Me choqué con una frase que en principio no comprendí. Alejandro Luque lamentaba la pérdida de Concha Caballero.

Olvidé los pies congelados, el sonido de los tambores y el cuerpo cortado para confirmar que sí se trataba de ella, de la profesora de literatura de un instituto de Coria con la que un día pasé una tarde deliciosa tomando un café hablando de libros; la voz cálida de las tertulias de la Ser que me acompañaba desde hacía tantos años yendo al trabajo; la articulista lúcida que rasgaba las páginas de El País cada domingo con denuncias concretas de los pasos atrás de una sociedad asustada.

Hay muertes que, uno sí sabe por qué, tocan fuerte, dejan detenido el tiempo y producen una desazón cercana a aquélla que se activaría con la desaparición de alguien cercano. Se me viene a la cabeza la de Montserrat Roig; o la de Saramago.

Con Concha no compartí muchos de sus discursos en el Parlamento Andaluz cuando defendía las siglas de Izquierda Unida, aunque también aplaudí muchos otros, y empecé a admirarla desde el momento en que el corsé de la organización política dio paso a la libertad de sus verdades feroces, de mujer hecha a sí misma, de la joven que huyó de una vida aparentemente fácil en una familia bien para tratar de cambiar las cosas.

Esa tarde en su instituto de Coria también hacía frío, y delante de un café me habló de Raymond Carver, de sus alumnos, de su perro y de lo bien que se sentía haciendo lo que le gustaba, contagiar su amor por la literatura a gente joven.

Hace años de ese encuentro, y desde entonces hubo guiños con comentarios mutuos en nuestros blogs y 'me gustas' que apreciaba especialmente, mientras yo esperaba el momento de volver a llamarla para tomarme otro café con ella, escucharla acerca de sus proyectos, hablarle de mi nueva novela e invitarla a que me acompañase de nuevo en esa aventura que es ver nacer un nuevo libro.

No será posible.

Pero siempre quedará esa imagen de la calle Mayor de Donosti con la lluvia invadiéndolo todo. Ésa es para siempre suya.

1 comentario:

María dijo...

Sí, yo también la oí por última vez en "La ventana". Siempre me ha parecido una persona sensata por la forma en cómo trataba cualquier asunto o noticia en sus artículos y cómo expresaba sus puntos de vista. Es triste tener que despedirse de personas tan jóvenes y apreciadas, te quedas con la sensación de que ya nunca más vamos a poder disfrutar de sus valiosas aportaciones.