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martes, enero 13, 2015

Pavlov

Cuando tengo tiempo para descansar, nunca tomo café.

No es que no me guste ni que crea en posibles perjuicios para la salud, simplemente me desengancho de él cuando no estoy en el trabajo, porque allí se convierte en una rutina imprescindible para negociar, felicitar, charlar o suavizar roces.

No sé cómo ocurre, pero es cierto que las máquinas de la fábrica tienen una característica en común: se les rompe con facilidad la trampilla que retiene las monedas del cambio. Introduces un euro para invitar a un compañero y los 60 céntimos de vuelta caen al suelo, salvo que coloques la palma de la mano reteniéndolos.

Todas, menos las del edificio de Dirección. Allí, la trampilla, tal vez por menos uso, funciona a la perfección, de forma que los que estamos habituados a tomar allí el café tan sólo tenemos que preocuparnos de aprovechar esos minutos de desconexión para hacer relaciones.

¿Qué ocurre? Que estamos identificados. Cuando vamos a los talleres y, haciéndonos los guays, invitamos a un café, nos delatamos: Quien no pone la palma en el orificio de salida de las monedas de forma inmediata, el que no tiene ese reflejo, ése es un jefe. Y, pegando pisotones al suelo, queda al descubierto.

2 comentarios:

Reyes dijo...

jajaja pues a ver si va a ser intencionado...

Víctor L. Briones Antón dijo...

Qué buena imagen!

Los jefes zapatean frente a las máquinas de café.