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jueves, mayo 06, 2010

Perder una tarde

Los encuentros con amigos que te conocen y te quieren siempre aportan aire fresco.

Ayer cenamos en casa con Bárbara, tal vez mi amiga más lejana en el tiempo, a la que me siento tan unido a pesar de no vernos a menudo, incluso viviendo a dos manzanas.

Nos tuvimos que reír con ella porque venía graciosa, con dos o tres copas de vino blanco de más y una historia de ligoteo que contarnos.

Nos relató su último viaje para entrevistar a Antonio Banderas en Cancún, sus nuevos cometidos en Canal Sur, su amistad con personas incompatibles conmigo, encuentros y desencuentros con gente de su época cordobesa, la incapacidad de sentirse atraída por un amigo común a pesar de caérsele la baba con él…

Cuando yo hablé ya llevaba unos cuantos vinos encima y le expliqué no entender por qué, a pesar de mi estado actual, feliz a todas luces, contento con mi vida personal, ilusionado en el trabajo, con una novela a punto de publicar, con mi familia más cercana que nunca y mi padre en plena forma, cómo a pesar de todo no consigo vencer ese estrés que me hace estar siempre en tensión, con la cabeza por delante del cuerpo, sin encontrar la clave para aminorar el ritmo de mi respiración.

‘El problema’, me dijo Bárbara, ‘es que hasta tu ocio lo programas’.

Cierto es. Y me duele.

‘Descubre lo reconfortante que es perder una tarde’.

Perder una tarde. Dejar a un lado mi curso de páginas web, mis sesiones de gimnasio, los intercambios para practicar inglés, las actualizaciones del blog, la escritura de mi próxima novela, los cafés de media tarde con amigos, las tertulias literarias, las ‘obligaciones’ de ver los noticieros en francés, en inglés…

Perder una tarde.

Nada va más contra mi filosofía vital que aturullarme en proyectos que no soy capaz de seguir, pero siempre ando enredado.

Bárbara me recomienda tardes perdidas y sé que tiene razón. Tardes en blanco tumbado en el sofá, con el móvil apagado y algo de música, para que de nuevo mi cuerpo se ponga al ritmo de mi cabeza y retome el ciclo del respirar sin darme cuenta.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Me resulta más que familiar, esa obsesión de tener todo el tiempo de ocio programado, de no dejar a la improvisación ni un minuto, de incluso sentirse mal si de repente se anula una cita porque: “Voy a perder una hora… ¡Qué horror!”.

Siempre he dicho que la improvisación debe formar parte de nuestro tiempo de ocio, porque los momentos, encuentros o actividades que surgen de la nada, se disfrutan con más intensidad.

“Perder una tarde” es una puerta abierta a la improvisación, a lo inesperado.

Afortunadamente, de vez en cuando lo consigo (supongo que mi origen aldeano y el no tener hijos pequeños tendrán algo que ver), y al igual que tu amiga Bárbara, te lo recomiendo.

El cuerpo y la mente lo agradecen.

Saludos
Rivo

nosequé dijo...

Perder una tarde? o un día.
Es algo estupendo. Hace tiempo aprendí, que cuando mi cuerpo me manda señales, le atiendo y me dejo escurrir en una dejadez muy satisfactoria.

Anónimo dijo...

Tal vez sea la instrospección, fácilmente alcanzable cuando paramos a escucharnos, la misma que nos impide olvidarnos de todo lo que nos incomoda, nos disgusta e incluso nos avergüenza de nosotros mismos. A mí, particularmente, es una sensación que todavía me atrapa aunque cada vez más languidamente ¡Son ya muchos años de dar vueltas a las cosas! Pero efectivemente, necesitamos tiempo para escucharnos. No nos ensordezcamos con obligaciones autoimpuestas para con los demás hasta no conversar y perdonarnos nosotros mismos. Besos,
M. Dufour

Enrique dijo...

Llevar un ritmo frenético es lo habitual en la sociedad de hoy y, no sólo en el trabajo, sino en el tiempo que te dedicas a la familia, al ocio o incluso comiendo.
El resultado es que con un ritmo tan acelerado no te paras a reflexionar o valorar las implicaciones del momento, no disfrutas con total intensidad de las personas con las que compartes los momentos, de la actividad que realizas o ni siquiera saboreas la buena comida que ingieres.
Por consiguiente, es necesario perder de vez en cuando una tarde a fin de descansar, desacelerar el ritmo, olvidarse de las prisas y pararse a pensar.
Saludos.

Anónimo dijo...

Querido Salva

La calidad de vida, no es sólo comer en buenos restaurantes, viajar a países lejanos e intentar hacer muchas cosas .

Hace algunos años y debido a un problema de salud, decidí cambiar mi forma de vida que en cierto modo se parecía bastante a la tuya y hasta ahora no me arrepiendo.
Hace años que no utilizo agenda, intento tirarme en el sofá cada vez que me apetece y salvo mi horario laboral no me marco horas.Procuro vivir el momento presente.¿Hay algo mejor que perder una hora tomando un café con un compañero o un amigo? Me encanta darme una vuelta por Carrefour con Robert, dedicarle una tarde a mi madre, ir a lavar el coche o pegarme una hora corriendo por el parque.
La fecilidad está en los pequños detalles que te recuerdan que eres humano, y no una maquina de hacer cosas... Slow down, do you know it?

ANTÍPODAS