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miércoles, agosto 30, 2017

50

Acabo de terminar de ver, tras muchos meses, la serie Friends. Es duro verlos abrazados abandonando las escaleras del piso del cruce de las calles Grove y Bedford. Este verano estuve allí, quise visitar esa esquina; pasé con Raquel y Fran en taxi por allí una noche desafortunada, por la calle Grove, sin ser consciente. Sí, voy con retraso. Friends se emitió hace mil años.

Al apagar la tele he oído sonar el móvil. Me felicitaban por mi cincuenta cumpleaños. Joder.

Uno llega a fronteras que piensa que nunca atravesará. Cuando llega, observa a los que están allí, como un intruso, como si aquéllos que tienen cincuenta hubieran nacido así, con medio siglo a cuestas. Todos pensamos que nosotros no, que somos especiales. Mi madre murió con 49, se quedó a las puertas. No tengo derecho a protestar por haber llegado a ser mayor de lo que ella lo pudo ser jamás.

En un rato sonará el despertador y volveré al trabajo, ilusionado. Recibiré felicitaciones sentidas, porque sé que hay mucha gente que me quiere de corazón. Gente imprescindible para mí.

Nunca más se cumplen los años que se cumplen.

Hubo un tiempo en que me sentí protegido; tuve la suerte de nacer en una familia maravillosa. Mi padre nos dejó y duele horrores. Tengo, sin embargo, la suerte de sentirme amado. Y sé que mi vida siempre será una lucha alegre por no ser un hombre encorsetado por lo que la sociedad espera de mí. Quiero ser libre siempre, poner la creación como objetivo último, deshacerme de necesidades superfluas que no llevan a nada. Y proteger a los míos, quererlos, y tener el amor como bandera.

Ayuda mucho a entender lo hermoso de la existencia el haber quedado huérfano de madre siendo tan joven.

Son 50, pero sigo siendo el niño de entonces. No quiero perder ese halo de inocencia, porque soy terriblemente feliz.

2 comentarios:

Maribel Bascuñana Pérez dijo...

Pues sigue así de feliz y escribiendo lo que sientes para compartirlo...

Salvador Navarro dijo...

Gracias, Maribel