lunes, noviembre 14, 2016

Pecho

Llegué a punto de cumplir 18 años a mi playa de La Antilla de todos mis veraneos, tras disputar los que serían mis últimos campeonatos de España de remo. En la puerta del chalet me esperaban mi madre, que me había comprado unos zapatos de deportes nuevos, y mi tía Elo.

Sabía que iba a resultar un verano difícil, pero no que estaría yo solo con ella en la casa cuando mi madre se derrumbó redonda en la puerta de su habitación. Tenía 49 años.

Mi eterna carrera de quinientos metros hasta el local de la Cruz Roja, descalzo entre veraneantes, se repite como una secuencia de terror azul en mis pesadillas.

-¡Mi madre se está muriendo!

Me pedían una calma que mis pulmones no alcanzaban. Les expliqué el tumor, las convulsiones, el tratamiento. La ambulancia no tardó en llegar y las imágenes se vuelven oscuras hasta que, tumbada en su cama con el camisón de croché, me llama.

-Mamá quiere hablar contigo.

Yo me senté en el borde de la cama y ella me pidió cuidar de mi padre en el futuro. Yo se lo prometí y me derrumbé en su pecho, mientras ella me acariciaba la cabeza con suavidad, diciéndome las palabras más hermosas que escucharse puedan.

Tenía 17 años y no puedo volver a esa playa de mi infancia, esa larga y arenosa playa kilométrica donde pasé una infancia tan feliz.

Donde sí tengo la suerte de volver, cada vez que quiero y sin pedirle permiso a nadie, cuando me equivoco, cuando sufro, cuando la vida me sonríe, cuando creo no entender nada, donde vuelvo es a ese filo de la cama desde donde se veía el mar y sentir el abrazo de mi madre, mi cabeza en su pecho, sus caricias y las palabras hermosas.

Eso es mío para siempre y le da sentido a todo.

3 comentarios:

Fesaro dijo...

No hay palabras

Maria dijo...

Hola Salvador. He comprobado que cuando te falta un ser tan querido como puede ser una madre, ya te sentirás para siempre un poco más solo, aunque tengas mucha gente que te quiera y a la que querer. Recurrir en los momentos importantes de nuestra vida a ese lugar donde pensamos que está es como volver a la casa una noche fría y saber que te espera con el brasero encendido, con nuestra inocencia al creer que eso iba a durar para siempre.
Hace muy pocos días terminé de leer un libro que te recomiendo: "El amor te hará inmortal " , de Ramón Gener.
Enhorabuena por tu artículo, el relato es conmovedor.
Un abrazo.

Salvador Navarro dijo...

Me apunto el libro de Ramón Gener. Gracias por estar ahí, María. Un beso