lunes, noviembre 07, 2016

Chenoa

Viven debajo de mi casa unos chinos que no pueden ser más simpáticos. Se instalaron hace pocas semanas, cuando compraron el desavío que regentaba un hombre seco y triste como él solo, que dedicaba el día a recortar etiquetas de cartón para ir colocando precios a las latas de conserva que nadie compraba.

Es un matrimonio joven, el chino, con muchos niños. Abren casi todo el día, aun en horas en que no pasa nadie por la calle, y te atienden con una sonrisa de oreja a oreja, de forma que acabas comprando lo que no necesitas cuando vas en busca de pan. 

Junto a la tienda está la plaza de mi garaje, con una puerta amplia, automática, que se abre hacia un lado dejando ver una rampa muy inclinada hacia el sótano. A los chinillos, traviesos con energía para regalar y acento sevillano perfecto, se les excita la cara cada vez que se abre la puerta del parking, de forma que cuando subo con el coche me los veo gritando, retadores, esperando a puerta gayola a que yo salga para salir corriendo cuando me acerco. Tengo que subir poco a poco para asegurarme de no atropellarlos, pero me da apuro reñirles.

En un bloque lleno de gente mayor, esta familia china ha traído un rayo de sol y me encanta la idea de ver cómo se mezclan con los vecinos, en esta época llena de Trumps que sólo quieren lo blanco y puro, como si la humanidad no hubiese ganado siempre con el mestizaje.

Cuando creí tener a todos los niños localizados, apareció una hermana mayor con las carpetas del cole. Se arremolinaron en torno a ella los pequeños hasta que la madre la vio llegar y le gritó desde bien lejos:

-¡Ya está la comida, Chenoa!

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