miércoles, septiembre 28, 2016

Mirada

Me miró fijo a los ojos, sentado en el borde de la cama y sin fuerzas para levantarse, el penúltimo de sus días. La cabeza había desconectado de un cuerpo en ruina y entre Iván y yo conseguimos acompañarlo, pasito a pasito, en su último paseo entre el dormitorio y el salón. Me miró fijo a los ojos en un efímero instante de lucidez y su mirada comprendía toda una vida, sus ojos pequeños casi infantiles de quien no quiere ver que todo se acaba; una mirada de derrota, de alerta, de amor y miedo.

Se me heló la espalda.

Los meses han pasado, las rutinas han hecho su trabajo y el sol de verano ha quemado las imágenes más terribles; pero esa mirada no desaparece, como un testigo ancestral de padre a hijo.

Las risas se han vuelto transparentes, tengo mil proyectos y sigo levantándome tempranísimo cada día para desayunar con tiempo pensando en el día por venir.

No vienen las lágrimas, que algún día aparecerán en catarata; él se me aparece en sueños, afortunadamente, para recordarme que está vivo en mí. Llegan los abrazos de entonces, cuando yo me acercaba a él para decirle que mi vida era de esta y aquella otra manera, que las cosas iban bien, que cuidaría de todos.

¡Cómo lo echo de menos!

2 comentarios:

María dijo...

Hola Salvador, leo tu posta y me ha sacudido un escalofrío. Qué sintonía pude llegar a haber en el dolor de perder a un ser querido. Mi madre también se ha ido hace muy poco, y ya sé lo que no voy a olvidar y a echar de menos siempre. Durante su enfermedad le buscaba su mirada y era la de siempre, pero cansada, de dulce derrota, de paz, y yo no quería saber lo que ya presagiaba. Me gustaba tocarle las manos y saber que eran las manos que me cogieron tanto en brazos, las que me llevaron el primer día y tantos más al colegio, las manos que me daban todas las mañanas el colacao "muy negro" , como a mí me gustaba. Fue, como seguramente la mayoría de las personas de su generación, una luchadora nata, sufrida hasta el final y con unos principios aprendidos en la escuela de la vida y que nos enseñó sin palabras ni lecciones magistrales. Y sí, esa mirada, el resumen de una vida decente, de muchas penas y algunas alegrías, de sabedora de que su final ya llegaba y hay que esperarlo porque su meta ya estaba ahí. Aún siento su contacto en cada beso que le he dado sabiendo que era de despedida porque ella tenía que saber lo importante que siempre va a ser en mi vida aun cuando ya no estuviera. Me gustaría, con este modesto comentario, rendir un homenaje a todos los padres de nuestra generación que les tocó una vida tan didicil. Recordarlos es casi normal, echarlos de menos cada día es la mejor forma de devolverles lo mucho que les debemos, es demostrarles un amor infinito.....infinito. Un abrazo desde Málaga.

Salvador Navarro dijo...

Querida María,

Acabo de leer tu comentario y no puedo sino manifestarte mi más profunda emoción. Gracias por estar ahí.

Tu amigo Salva