sábado, abril 02, 2016

Paz

Suele ser universal afirmar, en toda época y lugar, que el pasado fue mejor; tal vez como axioma lógico de entender que arranca de lo más conservador del alma humana. Todo avance, incluido el propio devenir del hombre, trae algo desconocido y lo desconocido asusta, nos saca de lo calentito, lo conocido, lo que creemos saber controlar.

Esta generación, aquellos que hoy en día estamos vivos, sufre un especial estrés, mayor que ninguna otra en el pasado, debido a la evolución acelerada de los cambios que la tecnología está introduciendo en nuestro día a día.

Quien se sustrae a ellos comienza a ser señalado como un ermitaño. Aquél que no tiene un smartphone, no participa en redes sociales o no hace compras por internet es un bicho raro.

No sé si cabe calificar el progreso que nos inunda como bueno o malo. Es indescifrable el futuro o cómo el hombre va a enfrentar las sucesivas propuestas que van a dar la vuelta a nuestro mundo cada vez en menos tiempo; lo que sí se puede certificar es aquéllo que vamos dejando atrás.

Uno de mis mayores miedos es perder la paz interior. Paz para leer de un tirón una tarde completa, para cenar sin un móvil en que mirar nada importante cada cinco minutos y perder la mirada de quien nos ama, paz para recordar el nombre de una película sin ayuda de google, para pasear una ciudad desconocida sin GPS, para conversar con un amigo centrándonos, de lleno, en él, para crear sin interrupciones, para pensar sin tropezones; para meditar hacia dónde vamos y qué queremos de nosotros mismos. Algo nada baladí. No caer en la paranoia de vivir esclavizado de un mundo que, en su torbellino, nos arrastre hacia la vacuidad.

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