miércoles, marzo 16, 2016

Palillos

El primer día que visité Japón, hace ya 15 años, descubrí que la mayoría de los nombres de mujer acababa en 'o', que sus habitantes se tocan la punta de la nariz al referirse a ellos mismos y que la cerveza se les sube rapidísimo a la cabeza.

Nuestra primera reunión de trabajo, en Yokohama, fue alrededor de una mesa redonda en la que estábamos unos cuantos españoles, otros tantos franceses y nuestros anfitriones nipones, que tuvieron la deferencia de hacerse acompañar de dos traductoras.

La de francés era racial, de pelo largo y negro; la Pantoja, la bautizaron mis compañeros de Valladolid. La nuestra, con un castellano exquisito aprendido en Salamanca, era una señora mayor pequeñísima de acento muy dulce.

Un mes después, cuando el enorme diccionario que me había comprado no hacía más que molestar en mi maleta cargada de regalos, su marido nos buscó por todo el hotel para regalarnos unos abanicos en agradecimiento por haberme desprendido de ese libraco, en forma de detalle a su mujer. No he visto a ningún niño hacerle tanta fiesta a un regalo como nuestra querida traductora, ¿Mitsuko?, a mi diccionario.

Hacíamos las presentaciones en un interminable 'tour de table' ese primer día, con múltiples explicaciones cruzadas para entender qué hacía cada cual en sus respectivas fábricas, de tal modo que se hizo la hora de comer antes de empezar realmente a trabajar. Sesiones largas en que Mitsuko traducía 'eje' como 'palo' y 'taladro' como 'hoyo', perdida en un lenguaje técnico de ingenieros acelerados.

Llegaron unas grandes bandejas de carey a esa mesa, como pequeños ataúdes, en un tiempo ya lejano en que la comida oriental aún no se había hecho popular en Occidente.

Mitsuko, entregada a la causa de los españoles, nos quiso explicar cómo proceder. Nos pidió que levantásemos la tapa a la caja y nos encontramos con múltiples platos pequeños de mil colores.

-Debéis tomar el primer palillo como si fuese un lapicero, apoyado en el pulgar y movido por el índice y el corazón...

Cuando ya hicimos varios ensayos, se dispuso a explicarnos en qué orden dar cuenta de la comida.

-Los japoneses empezamos a comer por la verdura...

Todos teníamos nuestros palillos lanzados al viento en espera de coger nuestra primera presa, con los ojos puestos en los movimientos lentos de Mitsuko.

-Así que... el nabo, ¡metedlo en salsa!

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