jueves, diciembre 17, 2015

Terraza

Con la excusa de recoger un certificado que había llegado a mi nombre a casa de mi padre, a pesar de llevar casi veinte años sin vivir allí, me presenté ayer tarde sin avisarlo.

Vi la luz encendida, aparqué y llamé al telefonillo del portal, planteándome, como casi siempre, que tengo que visitarlo más.

Oí el ruido de la persiana levantarse, las puertas de la terraza abrirse y, durante unas décimas eternas de segundo, esperé a que se asomara al balcón para alegrarse con mi inesperada aparición.

-¡Hombre, Borete!

Pensé, como se piensa en esos momentos en que todo se arremolina en tu cerebro, en que no estará lejano el momento en que esa imagen no será posible y recordé, con la fuerza de las imágenes desordenadas que se precipitan en la cabeza, en las miles de veces que lo vi llegar, asomado yo a esa terraza de barandilla de hierro, en los tiempos en que era el hombre fuerte, alegre y cariñoso que cuidaba de sus niños, en los tiempos irrecuperables en que salíamos corriendo al oír el ladrido de los perros para recibirlo cuando venía del trabajo con su maletín de cuero y nos peleábamos por que nos cogiera en brazos. Esa infancia tan feliz en que lo veía quedarse dormido en el sofá viendo el telediario antes de volverse a trabajar, esos tiempos en que le agarraba la mano a mi madre cada noche cada uno en el rincón de su sofá. Y los vendavales de tragedia que nos acecharon cuando la enfermedad se fue llevando a su mujer poco a poco, sin que el profundo amor por su rubia pudiera contener a la muerte de mi madre. Mis años difíciles de universidad en que nos quedamos en esa casa tres hombres solos, a base de croquetas de freidora y latas de cocido madrileño mientras él trataba de recuperar la vitalidad de siempre en su jubilación precipitada buscando el amor en otras mujeres. El abrazo enorme y torpe con que me rodeó cuando una llamada de teléfono confirmó que empezaba a trabajar en Renault. El día en que se asomó a ese balcón para ver a su hijo con su Clío blanco recién estrenado. Sus lágrimas cuando un día le confesé todos mis miedos y él me confirmó su amor incondicional de padre. La mesa de camilla, los perros, sus libros de historia y los apuntes infinitos sobre árboles genealógicos de Reyes de España.

Asomaba un viejo por ese balcón para encontrarse a su hijo por sorpresa y yo, subiendo las escaleras de mis primeros 30 años de vida, tuve que contener mi emoción, porque él me esperaba, delgado y con la respiración forzada, con sus babuchas, en las puertas de mi casa de siempre.

Disfrutar de esas décimas de segundo infantiles esperando que asomara mi padre... Es un regalo más que me ofreció ayer tarde esta extraña vida. Un regalo espléndido, desmesurado, apilable en los pliegues más recónditos de mi memoria futura, al que pienso recurrir cada vez que quiera y con abuso, como una pastilla de amor natural sin contraindicaciones.

2 comentarios:

javileon dijo...

Muy bonito Bore y muy grande Bori!!

Pepe dijo...

Qué bonito y cuanto amor hay en este relato.