lunes, septiembre 07, 2015

Canelones

Me gusta metaforear con las cosas importantes que no termino de entender para, de alguna forma, tener una imagen infantil de cómo se conforma el mundo.

Quizás sea por lo idealizados que tengo los canelones con foie que nos hacía mi madre de pequeños, pero hay una animación visual que se me suele repetir en las tardes de sofá de luces apagadas en que estoy a solas: 'el canelón gigante'.

Como si de un Principito se tratase, navego por el espacio encima de un canelón inmenso de pasta, extendido, sin enrollar, con sus perfiles en forma de diente de sierra y su superficie blanda color marfil. Ése es mi territorio y por él me muevo con soltura. Mi propio canelón. Asomándome a cada esquina y disfrutando del viento interestelar.

En el canelón me posaron al principio de mis tiempos, hasta que la primera decisión vital se presentó y tuve que decidir en qué lado de mi canelón me iba situando. La infancia apenas causó rasguños en mi cuadrilátero. No solía correr peligro. El gran canelón empezó a rajarse en la adolescencia con cada circunstancia que me despertaba al mundo de los mayores y debí hacer por situarme en el lado bueno, aquél en el que queda la mayoría de la pasta fina donde seguir navegando.

Así mi canelón fue haciéndose más pequeño cuando elegí estudiar ingenieros, mi carrera de filología inglesa se desgajaba hacia ninguna parte, o cuando abandoné la práctica del remo, o cuando me peleé con Mariángeles, ya no había posibilidad de una juventud compartida con ella, o cuando entré a trabajar en Renault, o cuando me fui a vivir a París, cuando dije adiós a amores y amistades, cuando acepté la oferta de la primera editorial, cuando me separé de mi pandilla de siempre… Trozos del canelón que se escapan, inhabitados, para siempre.

Yo mantengo mi terreno amplio aún, donde caben mil proyectos y mucho amor, futuros amigos, libros, fiestas y alegrías de otros a quien quiero. Vuelo cómodo por el espacio levantándome de vez en cuando para evitar que desgarros como la muerte de mi madre vuelvan a causarme destrozos incontrolados en mi pequeño planeta canelónico.

Hay cuchillos voladores, sin embargo, que atacan sin piedad tu mundo sin que tus decisiones puedan hacer más que asumir cuál será el lado del canelón en que te tocará caer.

Es duro el día que empiezas a asumir que siempre mengua, tanto como divisar que hay gente querida cuyo canelón apenas le deja espacio para estar de puntillas.

2 comentarios:

María dijo...

Muy acertada la metáfora, Salvador, lo importante es tener claro que hay partes de ese canelón que son innegociables, lo demás se puede regenerar si se gasta.

Respecto de la presentación de tu novela en Málaga, por supuesto que me gustaría ir, sabes ya cuándo y dónde es? Saludos

Salvador Navarro dijo...

Gracias, María

Te aviso sin falta en cuanto tenga fecha.

Un beso,
Salva