jueves, julio 23, 2015

Quererse


Hace unos días pasé un nuevo maravilloso fin de semana en Barcelona.
Un día antes de irme, una persona cercana me hizo el comentario tajante de que él no quiere oír hablar de catalanes.
-¿Estás de acuerdo con que se independicen? –le pregunté a continuación.
-Por supuesto que no –me respondió.
Traté de reconducir la conversación antes de interrogarle acerca de las razones por las que se opone a la independencia de un pueblo al que desprecia. Compartí con él mi teoría de que yo hago mucho más por la reconciliación mostrándome como soy, un andaluz dialogante, de mente abierta y afable con ganas de tomarle el pulso cada cierto tiempo a esa tierra, que no gente que presume de un patriotismo rancio que recuerda a los maridos que quieren tener a la mujer en casa y controlada, aunque sea atada a la pata de la cama.
No reconocer que hay un conflicto es de miopes, tanto como asumir que los problemas desaparecen por sí solos resulta una ingenuidad imperdonable en nuestros gobernantes.
No todo es la ley y la Constitución, por muy convencidos que estemos de que el respeto a nuestro sistema es la mejor forma de convivir. También está el afecto, los afectos. Decir un te quiero a tiempo siempre es buena medicina.
Estamos en una espiral peligrosa que hay que desactivar, y no vale siempre decir que el malo es el otro. Tenemos que ser consecuentes con nuestros deseos. A los indepentistas y los independizadores será difícil hacerles cambiar de opinión, pero al resto, que somos muchos, nos vendría muy bien dar el primer paso de humildad, olvidar los despropósitos de quienes se recrean en los agravios y reconocer que si queremos una España amable e integradora tenemos que querernos, y decirlo alto y fuerte:
Catalunya, t’estimo!

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