viernes, enero 17, 2014

Camba

Tomándome una copa en un garito de San Sebastián, estas pasadas navidades, tuve la oportunidad de conversar con una mujer que llevaba tiempo viviendo en Euskadi. Cuando llevábamos un rato de charla le pregunté de dónde era, y ella me respondió:

-Soy camba.

Me quedé igual y, ante mi asombro, me comentó que venía de Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia. Lo decía con voz bajita para que nadie la oyese.

Recuerdo mi maravilloso viaje de hace casi veinte años a Bolivia, cómo recorrí el país con mi amigo Leo en su Mitsubishi oyendo casettes de Mocedades. El aterrizaje impresionante en el altiplano; la cena de ceviche en la última planta de un hotel de La Paz viendo las luces de las montañas pobladas como si fueran estrellas, creyendo tocar el cielo; la excursión en barco por el lago Titicaca y la insolación provocada por esa luz sin el filtro de media atmósfera; la visita a las mágicas ruinas de Tihuanaco y su puerta del Sol, construcción milimetrada, de hace siglos, para encuadrar el solsticio; los paseos por los mercados de Cochabamba con sus puestos de chicha; el impresionante trayecto por carretera atravesando los Andes, en que teníamos que parar cada cierto tiempo para asimilar tanta belleza, los perros persiguiendo al coche en carreteras desiertas a las que acudían para calentarse con su panza en el asfalto; la belleza sevillana de Potosí, donde no pensé que pudiera encontrarme tan cercano a mi Andalucía, ciudad altísima en que sentí, literalmente, que me faltaba el aire; la majestuosidad de Sucre, cuna de la independencia americana, blanca de calles diseñadas con tiralíneas; los controles policiales en el Chaparé, verde, frondoso y amazónico, un vergel digno del paraíso; las misiones jesuitas en madera, reflejo hermoso de una cruzada intensa de hombres blancos por transferir una fé lejana; los grupos de mujeres vestidas de morado en peregrinación hacia la catedral de Santa Cruz. Sí, de Santa Cruz de la Sierra, una ciudad moderna con varias rondas de circunvalación y rica por el petróleo.

Y el petróleo trae dinero, y el dinero egoísmo, y el egoísmo te hace pensar que los que no lo tienen son un lastre, y Santa Cruz se convierte en la capital de una región que quiere ser país. El país de los cambas, que dicen muy bajito que son bolivianos para que no les escuche nadie, en esa mediocridad de los nacionalismos que se creen el ombligo del mundo aunque el mundo no sepan ni que existen.

Yo me quedo con una Bolivia entera e integradora, de altiplanos, selvas y llanuras de arena (cambas incluidos). 

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